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Luego de la liberación, una elección

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"Por eso Dios me envió delante de ustedes para salvarles la vida de manera extraordinaria y de ese modo asegurarles descendencia sobre la tierra" (Gén. 45: 7).

“¡Qué asco! ¿Qué es eso?", preguntó mi esposo al mirar la mancha de vómito que nuestro gran perro pastor alemán, Max, acababa de dejar en el piso. Miré más de cerca, y vi que la masa de vómito se movía. No estaba segura de qué era, pero estaba vivo. Levanté esa mezcolanza y lo llevé al lavabo, donde abrí la canilla de agua tibia y comencé a quitar los contenidos del estómago de Max. Para mi sorpresa, se trataba de algún tipo de ardilla bebé, no estaba segura de cuál. Estaba vivo, pero frío. Al ser madre por naturaleza, puse al bebé en el lugar más calentito que se me ocurrió: debajo de mi camisa, en mi corpiño. Mi esposo no podía creerlo. Seguí con mis actividades y, al pasar las horas, él me preguntaba:

—¿Todavía vive?

—Sí —respondía yo. Y me reía.

Pues bien, Chip, como nombramos a nuestra pequeña ardillita, tenía lastimada la pata delantera. Lo alimentamos con avena cocida con nueces y otras cosas mezcladas, porque no podría comer comida normal. Cuando fue conmigo a la iglesia, para la historia de los niños, toda la congregación tuvo que acariciarlo. Era un actor de primera y disfrutó de la atención. Desde su jaula, pasaba horas mirando por la ventana ansiando el exterior y se notaba que quería su libertad. Yo oré, pidiendo dirección, sabiendo que no podía soltarlo a la naturaleza con esa pata herida. Traté de entablillarla con varias cosas, pero nada funcionaba. Entonces, se nos ocurrió simplemente vendarla. La venda duró solo tres días, pero fue suficiente para permitir a su patita sanar. Cuando Chip finalmente se la sacó, podía volver a usar su pata. Lo dejamos con nosotros una semana más, para asegurarnos de que podía usarla para sostener todo tipo de comida. Entonces, lo llevamos a una linda pila de leña, donde estaría seguro, y lo dejamos en libertad. Le llevé comida por una semana más, y los primeros días vino a verme. Pero, después no volvió a acudir cuando lo llamaba.

La historia de Chip siempre me recuerda que Jesús pagó el precio máximo para que tengamos nuestra libertad y el derecho de elegir dónde queremos vivir por la eternidad. Jesús hace tanto por nosotros. Y si elegimos ir a vivir con él, todas nuestras imperfecciones serán corregidas para siempre. Oh, qué hermoso escuchar la voz de Jesús llamándome a casa. ¡Qué día glorioso será!

MONA FELLERS


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