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El testimonio de Dorothy

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"Por tanto, no nos desanimemos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento" (2 Cor. 4: 16, 17).

Cuando diagnosticaron sida a mi hermana, Dorothy, nuestra familia se sintió más enojada que triste. ¿Por qué Dios había permitido que sucediera algo tan horrible? Personalmente, estaba en extremo enojada con su esposo y lo culpaba por haberla infectado. Agregando insulto al daño, él se negó a darle dinero para la medicación. Lo amenacé, diciéndole que si algo le pasaba a mi hermana, lo responsabilizaría a él. La amargura y el enojo hacia él me consumían. Y nunca pensé en el tormento que podía estar pasando él. A pesar del dolor y el sufrimiento de Dorothy, mi hermosa hermana nunca culpó a su esposo. Nunca lo inculpó por no apoyarla financieramente, sino que agradecía a Dios por darle una familia que la apoyaba.

Nuestra familia pidió oraciones a amigos y ayunamos por días, creyendo que Cristo, en su gran amor, restauraría su salud. A pesar de esto, Dorothy no recibió sanidad física. En su última carta, que recibí dos días antes de que ella descansara en el Señor, me expresó su gratitud a Dios. "Dios me ha demostrado tanto amor y milagros durante este tiempo", me escribió. "No hay nada que pueda hacer alguna vez por él, más que esperarlo esa gloriosa mañana, cuando nos reuniremos en el mar de vidrio. Mi oración es que todos estemos allí".

Mi hermana explicó que, incluso si no había recibido el milagro de la sanidad física, creía que Dios la había sanado espiritualmente. Creía que Dios había respondido a su mayor pedido de oración: salvar su alma de la muerte eterna. Ella citó las palabras de Pablo que se encuentran en el versículo de hoy.

Me dijeron que todos los que estaban con Dorothy lloraban, en el último viaje que hizo al hospital Mulago en Uganda. Pero ella cantaba: "A Dios sea la gloria, es el Creador" Mi madre y mi hermana menor, fortalecidas por su coraje y fe, comenzaron a cantar con ella. Dorothy repetía una y otra vez las palabras: "Mi Redentor vive". Dos días después, falleció tranquilamente mientras dormía.

En lugar de hacer luto, comencé a alabar a Dios por este testimonio tan grande. También perdoné a mi cuñado y, finalmente, recibí una gran calma en mi corazón.

EDITH KIGGUNDU


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