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Hablar con Dios

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"En paz me acostaré y dormiré porque solo tú, oh Señor, me mantendrás a salvo” (Sal. 4: 8).

Habían pasado unas dos semanas desde el fallecimiento de mi esposo, David, y estaba teniendo una de mis charlas muy serias con Dios.

No habíamos jugado el juego del "¿por qué?" David era maravilloso, y tenía fe en que Dios lo curaría o le permitiría dormir hasta que Jesús regrese a buscarnos. Los doce a catorce meses que el cirujano dijo que mi esposo viviría, no fueron fáciles. Lo que en un momento era un brazo derecho con espasmos esporádicos, al siguiente era una sentencia de muerte. "Un tumor cerebral maligno", dijeron. Las primeras semanas estuvimos muy ocupados, entre visitas al hospital, radioterapia, una cirugía para insertar un pequeño acumulador en su cráneo para extraer fluido del tumor y devolverle el movimiento al lado derecho del cuerpo de David.

Ocurrieron muchas cosas en esos meses. Nuestro hogar se llenó de enfermeras, médicos, personas que cambiaron nuestro hogar para suplir las necesidades de David; y lo más importante, para nosotros, nuestro Grupo pequeño de la iglesia. Los jueves de mañana estudiábamos de Jesús y cada semana nuestra fe creció en el conocimiento de que nuestro Dios ama y salva. La amistad creció alrededor de la mesa, y estos amigos fueron quienes nos nutrieron y condujeron por los días más oscuros.

David celebró su septuagésimo cumpleaños y esa noche, después de que todas las visitas se habían ido, David quedó dormido. La iglesia estaba repleta, en celebración de su vida. Unos meses antes había escrito una canción, y el coro la cantó durante el sepelio. Lo enterramos una tarde soleada, y ahora, en su lápida, están las palabras del versículo de hoy, una oración que recuerdo diariamente.

Los días posteriores a la muerte de David fueron increíblemente tristes y sosegados en comparación con los meses previos. Le había gritado a Dios, había clamado y, finalmente, le había preguntado: "¿Por qué?" Cuando todos habíamos pedido un solo milagro, ¿no nos había oído? La respuesta que recibí fue maravillosa:

-Te di dos milagros.

¿Los había pasado por alto? Yo no había visto nada.

-¿Qué dos milagros? -pregunté, entre lágrimas.

-Ninguno de los dos sufrió dolor. Les quité eso.

Yo sufro de artritis reumatoide y, durante la enfermedad de David, no sufrí ni un solo brote, por más que lo había levantado de asientos, camas y sillas de ruedas. Cuatro días después del entierro, me desperté y descubrí que no podía mover mis manos.

Cuando la gente me pregunta sobre Dios y su existencia, yo digo: "Existe. Tengo pruebas".

WENDY BRADLEY


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