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En igual medida

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"Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?" (Sant. 4: 12, RVR).

Solo uno de ellos dijo gracias”, cavilé, mientras estudiaba la historia de los diez leprosos. Algunas personas pueden ser tan desagradecidas. Unas pocas semanas después, pensaba realizar un largo viaje en automóvil. Antes de salir susurré un pedido de protección divina. Apenas volví del viaje, me ocupé escribiendo a algunos amigos, e incluso lavando ropa. Horas después, las bulliciosas olas de actividad se aquietaron y llegó a mi mente una reflexión. Dios me había traído a casa con seguridad, pero ni siquiera me había dado vuelta a agradecerle por su maravillosa misericordia. Entonces, me di cuenta de cómo mi pensamiento sobre los diez leprosos había descendido a un calabozo de justicia propia y juicios, mientras yo tenía la ilusión de estar en una torre. Sea lo que fuere que haya pensado sobre los leprosos, yo era eso... en igual medida.

En Getsemaní, habían venido a llevarse a Jesús. Pedro desenvainó su espada y cortó la oreja a Malco. Pero una pocas horas después de su rápido y violento juicio mental, él mismo negó a Cristo. Sea lo que fuere que haya pensado sobre Judas y Malco, él lo era ahora… en igual medida.

Es fácil juzgar a otros y decir "¿Cómo pudo...?" y "Yo nunca podría…" Quizás has notado los "amenes" ruidosos que repercuten desde la sección de los “justos" durante un sermón sobre la moda y la fornicación. A menudo, este es un síntoma del virus "Díselo a ellos, no a mí"; del tipo más despiadado, porque gradualmente corroe nuestra salud espiritual. Romanos 3: 23 dice: "Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios". Y Romanos 8: 33 nos informa que solo Jesús es quien ha muerto, resucitó, y quien justifica y está calificado para juzgar o condenar

Tristemente, lo que nos resulta más fáciles ver las imperfecciones de quienes nos rodean. Pero si aplicáramos la Palabra de Dios a nuestras vidas y reflexionáramos en sus implicaciones personales, nos daríamos cuenta de que, sin importar lo vergonzosas que nos parezcan las acciones de otros, sin importar cuántas oraciones creamos que otros necesitan, nosotros también… en igual medida. Estoy agradecida porque el Espíritu Santo estuvo disponible para guiarme a salir de esta oscuridad y entrar en su maravillosa luz. Entonces, ahora, en lugar de pensar. La gente puede ser tan desagradecida, me pregunto a mí misma: ¿De qué maneras he sido desagradecida? ¿Cómo puedo demostrar más gratitud?

Dios me ama, y a ti también… en igual medida.

JUDELIA MEDARD


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