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Una historia de amor

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"¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!" (1 Juan 3: 1).

Todos disfrutan de una historia de amor, y yo no soy la excepción. Un sábado de junio, me desperté y noté que era un día resplandeciente. Observé a mis dos hijas y a mi hijastro prepararse para ir a la iglesia. Las aves cantaban afuera, el aire era fresco y vigorizador, y mis sentidos se vieron embargados por el gozo de estar viva. Era un día perfecto. Habían invitado a las niñas a cantar en una de las iglesias de la zona de Hamilton, y mi hija, que conduciría, me pidió que le indicase cómo llegar. Mi otra hija, que se había cepillado el cabello vigorosamente, me pidió que la ayudara a quitar los cabellos que habían caído en su camisa, y mi hijastro me pidió que opinara sobre su atuendo. Me alegró el corazón sentir el amor que nos unía con fuertes lazos.

No pensé en la desolación que había experimentado mi familia ese año pasado: el fracaso de un matrimonio, la fragmentación de una familia y la reducción de un sueldo. No pensé en las veces que cuestioné a Dios. Esa mañana, Dios me recordó dulcemente su amor, abriendo mis ojos a lo que tenía. Había comenzado la sanación.

Mientras los jóvenes salían de la casa, me maravillé de la gran lección de amor que acababa de aprender. Mis hijos eran casi inconscientes de las dinámicas que sucedían a su alrededor, y no notaban que Dios ya estaba ocupado dirigiendo y moldeando sus días. Y así es como Dios ha diseñado que las cosas encajen en su perfecto plan de redención. Está constantemente trabajando, haciendo todo para asegurar nuestra salvación.

Por eso, mientras lucho con las preocupaciones de la vida diaria y el dolor de las heridas pasadas, agradezco a Dios por tomarse el tiempo de enviarme mensajes de esperanza. Son como fuentes de agua viva, de las cuales bebo ávidamente hasta que estoy completamente refrescada. Mi oración es que pueda continuar reconociendo sus señales de amor y que, un día, pueda devolver ese amor de manera total.

Qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios; y realmente lo somos. Agradezco a Dios por el entendimiento que me concede, al reconocer su gran amor por nosotros..., por mí. Mi deseo es que tú también hoy puedas ver y apreciar su gran amor en tu vida.

JOAN DOUGHERTY-MORNAN


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