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La oración de Emma

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"Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo, cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas” (Isa. 43: 2).

Al atardecer de un día otoñal de 1972, mis padres, Marvin y Emma Dick, se dieron cuenta de que las tormentas sobre el arroyo, un poco más arriba, estaban por provocar una inundación súbita cerca de su casa. El ganado que pastaba cerca de allí corría peligro, así que ambos corrieron a cortar el alambrado, para permitir que el ganado escapara.

El agua subió muy rápidamente. Marvin, que estaba un poco más adelante que Emma, se dio cuenta inmediatamente del peligro y le gritó que volviera. El rugido de la inundación causó un malentendido, y ella pensó que le había dicho que se acercara. Segundos después, las aguas se volvieron demasiado rápidas. Él se trepó a un árbol, pero ella todavía no había llegado al bosque. El agua la hizo perder el equilibrio, y lo único que atinó a hacer fue a tomarse de la parte superior del alambrado. Marvin la miró flotar, hasta que la oscuridad lo hizo perderla de vista. De tanto en tanto, Marvin veía la luz de su linterna, pero el alma se le cayó a los pies cuando vio una luz balanceándose arroyo abajo. Hasta la mañana, no supo si ella había dejado caer la linterna o si la corriente la había arrastrado.

Pasaron las horas; el frío húmedo y el cansancio ganaron la batalla, y Emma ya no pudo sujetarse. Sus manos soltaron el fino alambrado, o quizás el alambre se cortó. La ropa de invierno mojada le habría dificultado nadar aunque, en esta corriente abrumadora, eso igual era imposible.

La oración ya había sido una parte fundamental de toda la experiencia. Emma flotó por arriba y por abajo del agua, mientras sus pensamientos de oración se volvieron a Isaías, al versículo de hoy. Aunque ella no tenía poder alguno, el pánico no la controló porque conocía las capacidades de Dios. Los ángeles debieron de haberla ayudado a luchar contra las fuertes corrientes que corrían en círculos y, finalmente, se trepó a un naranjo de Luisiana (un árbol con espinas), donde pasó el resto de la noche.

A la mañana siguiente, los ladridos de Duke alertaron a los vecinos del problema de mis padres. Trajeron un bote pesquero y salvaron a ambos. A causa de las heridas de las espinas, Emma tardó semanas en poder volver a abotonar su ropa. Pero cruzó las aguas y no se ahogó. Una gran parte del ganado sobrevivió. Como resultado de esta experiencia, mis padres testificaron a muchas personas.

Tendremos nuestras propias futuras pruebas. ¿Habremos guardado, cada una, la Palabra de Dios escrita en nuestros corazones, para mantenernos confiando y adorando al Señor Dios?

HELEN DICK BURTON


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