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Una vecina amorosa

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“Cada generación celebrará tus obras y proclamará tus proezas” (Sal. 145: 4).

Cuando yo era niña pequeña nos mudamos, del campo, a un pequeño pueblo rural en Colorado, en las llanuras orientales. Mi madre nunca había vivido en un pueblo antes, y estaba extremadamente nerviosa sobre criar hijos en este nuevo lugar, en vez de en el campo, que amaba y consideraba confiable.

Mamá siempre se había dedicado completamente a ser ama de casa y era paciente con todos sus hijos. Pero durante esa mudanza, se había vuelto especialmente irritable; o eso me parecía a mí. Siempre estaba ocupada: pintando, limpiando y desempacando. Un día, mi hermano y yo queríamos desesperadamente visitar el parque del vecindario, pero mamá dijo que no tenía tiempo de llevarnos. Entonces, con la lógica de una niña de seis años, decidí que era una buena idea poner a mi hermano, de cuatro años, en el confiable carrito rojo e ir solos al parque. Considera que este "parque de la ciudad" consistía solamente en un par de columpios y un tobogán, y a solo dos cuadras de nuestra casa. Pero estaba justo al lado de una carretera estatal. Con los miedos de mamá sobre vivir en "la ciudad". Cuando se dio vuelta y descubrió que no estábamos, se llenó de temor. Corrió a la casa de al lado y preguntó a la vecina, la Sra. Farnsworth, si nos había visto. Como ella no sabía nada, mamá corrió al parque, todavía con la varilla para mezclar la pintura en la mano.

De más está decir que cuando vio nuestros rostros felices, no compartió nuestro gozo. Recuerdo claramente con cuánta efectividad usó esa varilla para darnos un chirlo en el trasero y sentarnos en el carrito rojo para volver a casa rápidamente. Luego de nuestra rebelde visita al parque, la Sra. Farnsworth llegó a ser una querida amiga de la familia. Recuerdo caminar al pueblo con esta vecina especial muchas veces. Siempre nos dejaba jugar en el parque, generalmente, mientras comíamos los dulces que nos traía. Recuerdo la tristeza que sentí años después, cuando me enteré de que nuestra querida Sra. Farnsworth había fallecido. Ella fue una joya para nuestra familia. Vio dónde podía ayudar a una joven y ocupada madre, y se dio a sí misma vez tras vez. Espero ser como ella -y oro para serlo-, y aprovechar cada oportunidad de ayudar a madres jóvenes, siendo las manos ayudadoras de Jesús. ·

JILL ANDERSON


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