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Más que un amanecer

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“Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros" (Efe. 3: 20).

Sentía mis ojos hinchados de tanto llorar sin cesar. ¿Cuánto he llorado en las últimas 48 horas? Sería más fácil contar las horas en que mis ojos estuvieron secos. Me até los cordones de los zapatos y salí a correr al parque a las 5:30 de la mañana. Mis pensamientos todavía daban vueltas con recuerdos de la relación que acababa de terminar. Habíamos estado de novios por bastante tiempo, y la ruptura, totalmente inesperada, me había golpeado como un camión que hubiese pasado un semáforo en rojo. "Bendíceme con un amanecer esta mañana, Dios. Solo para saber que estás allí. Puedes hacer algo tan simple como eso, ¿cierto?"

Pero al comenzar a trotar, las nubes grises sobre mi cabeza parecían burlarse de mí. No atisbaba ningún color, aunque sabía que amanecería a las 5: 42.

Estaba tan preocupada con el cielo que al comienzo casi ni lo noté. Pero al acercarme, instintivamente me detuve. Allí, directamente frente a mi camino, había un pequeño cervatillo, con su lindo abrigo castaño salpicado de puntitos color marfil. Me miró fijamente, nervioso. El ciervo y yo hicimos contacto visual, y fue como si sintiera los brazos de Dios que me abrazaban. "Todavía hay belleza en tu vida", me dijo. "Haz una pausa. Aprovecha esta belleza. Así es como recogemos los pedazos. Así es como recordamos que todavía existe el amor" Humildemente, bajé la cabeza. "Está bien, Dios".

Seguí corriendo, notando cada pájaro, cada ardilla, cada conejo. Inhalé los aromas florales que me rodeaban y tarareé con las aves, que cantaban una serenata. Aprovecha la belleza. Así es como recogemos los pedazos.

En el último trecho se asomaron destellos anaranjados, rosados y amatista desde la expansión del cielo que ahora estaba frente a mí. Estaba Corriendo hacia el amanecer. "Ya me bendijiste con los animales, Padre. ¡No esperaba recibir también esta exhibición!"

La respuesta fue tan clara como el sonido de una campana. "Quiero hacer más por ti que lo que me pides que haga".

Dios prometió darme los deseos de mi corazón (ver Sal. 37: 4). Pero continúa enseñándome que conoce mis deseos aún mejor que yo misma. Él conoce qué es lo que me colmará, enseñará e inspirará. "Dame un amanecer", le pedí. Lo imagino recostándose hacia atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa bromista. "Mantén tus ojos abiertos", dice. "Puedo hacer mucho más por ti que un amanecer".

ADOISON HUDGINS


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