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La escuela

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"Date cuenta, Israel, que yo envío mi ángel delante de ti, para que te proteja en el camino y te lleve al lugar que te he preparado" (Éxo. 23: 20).

“Si quieres guardar el sábado, busca una escuela dirigida por tu iglesia, porque no puedes seguir estudiando aquí", dijo el director de la escuela municipal en la que casi terminaba mi cuarto año de primaria. Era 1960, un periodo difícil, y todas las escuelas municipales y gubernamentales tenían clases los sábados.

Yo tenía doce años y mis padres no tenían los recursos financieros necesarios para pagar una escuela privada; y nuestra iglesia ni siquiera tenía una escuela así. Pero mi madre buscó una escuela adventista, y encontró una. Gracias a Dios, obtuve una beca para poder terminar el año allí.

Vivíamos en Vicente de Carvalho y, para llegar a esa escuela, tenía que cruzar en bote al puerto de Santos, una ciudad costera, y luego caminar varios kilómetros.

Un día, cuando volvía de la escuela, me perdí en el muelle. Nunca fui buena para orientarme, así que caminé de un extremo al otro, sin encontrar el embarcadero.

Oscureció y yo tenía miedo de que mis padres me castigaran. Esto me hizo llorar. La zona tenía muchos bares y discotecas; las personas estaban fumando y tomando alcohol. Temía decirles que estaba perdida. Allí, en la oscuridad, pedí a Dios que me enviara a una persona confiable a quien pudiera pedir ayuda. Cuando levanté la vista, había un hombre frente a mí. Se veía como un abuelo amoroso… aunque yo nunca había conocido a mis abuelos. Sentí que era la persona adecuada para ayudarme y le conté mi problema. Inmediatamente se ofreció a mostrarme el camino. Me llevó hasta el bote, cruzó conmigo y me acompañó hasta la puerta de mi casa. Luego, se fue.

Esa noche fue muy diferente de las demás. Hubo paz. Nadie notó mi tardanza, ni me hicieron preguntas. Mis padres no pelearon entre ellos, como de costumbre. Nos fuimos a dormir y yo no sufrí pesadillas. Hubo una serenidad como nunca antes.

No conté esta historia a nadie, pero sigue fresca en mi mente. De vez en cuando, me pregunto: ¿Pudo haber sido ese hombre mi ángel? Él era diferente de todos los demás. ¿Qué podría haber estado haciendo en ese lugar? Sé que un día tendré la respuesta a esto y a otras historias de protección.

LOURDES S. OLIVEIRA


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