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Anhelando el cielo

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"No se angustien. […] Voy a prepararles un lugar, [...] vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté" (Juan 14: 1-3).

Una amiga nos invitó a mi esposo y a mía su casa. Nos llevó un buen rato legar hasta allí. Ella vivía en una parte nueva y lujosa de la ciudad, cerca de varios centros comerciales y de la playa. Antes de entrar, tuvieron que abrirse las enormes puertas de seguridad y desactivar una alarma. Todos los vecinos tenían casas similares, con grandes puertas de seguridad, muros altos, vallas electrificadas y sistemas para que los intrusos no pudieran entrar. Me daba la impresión de que esas personas estaban viviendo en cárceles hechas por sí mismas, mientras que los criminales, que deberían estar tras las rejas, caminaban en libertad.

Finalmente entramos y, dentro de esos altos muros, encontramos un ambiente pacífico, tranquilo y sereno. Pequeños puentes unían tres estanques, todo, embellecido con helechos y otros follajes. Había un asiento para descansar y meditar, completando la pintoresca escena. Al mirar este hermoso escenario de agua y jardín, anhelé el cielo.

Al volver a casa esa tardecita, abrimos la puerta del garaje e inmediatamente notamos que alguien había entrado. Había libros, herramientas y otras cosas tiradas por el piso. Vimos que los vándalos habían entrado por la puerta del costado. La escena nos enojó mucho. ¡Pensar que el enemigo había vuelto a entrar en nuestra propiedad! Antes de salir de casa esa mañana, había orado pidiendo a Dios que cuidara de nuestro hogar y lo protegiera, y también que nos cuidara en las rutas transitadas.

Pregunté al Señor: "¿Por qué me decepcionaste? ¿Por qué permitiste que esto sucediera?". Esa misma noche, a eso de las diez, accioné el interruptor de la luz del porche delantero, pero la luz no se prendió. Abrí la puerta para revisar por qué la luz no había encendido, y vi que el farol dentro del cual está el foco había desaparecido. Habían cortado los cables y solo quedaba un hueco en la pared. Llamé a mi esposo para que viera, y oré en voz alta: "Oh, Señor, vuelve pronto. Estoy cansada de toda esta actividad crimina en este mundo maldito por el pecado. Oh, Jesús, anhelo ir a casa, a mi mansión celestial, que has ido a preparar para mí".

Estoy tan feliz porque los ladrones no entrarán allí (1 Cor. 6: 9, 10). Viviremos eternamente en paz con Dios, los santos y todos los ángeles. Estoy anhelando el cielo y proyecto estar allí. ¿Estás planeando estar allí tú también?

PRISCILA E. ADONIS


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