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Lana para África

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"Antes que me llamen, yo les responderé todavía estarán hablando cuando ya los habré escuchado" (Isa. 65: 24).

Leí en una revista sobre misión: "Aunque trabajamos en África, el clima se vuelve muy frío, así que estamos enseñando a los hombres y las mujeres a tejer sus propios gorros y bufandas. Necesitamos lana". Por lo tanto, puse un anuncio en el boletín de iglesia pidiendo a la gente que me trajera la lana que les sobraba.

Recibí lana, pero para cuando estuvo todo listo para enviarlo, esos misioneros se habían mudado a un lugar más cálido y ya no necesitaban la lana. "Dios, ¿ahora qué se supone que haga con toda esta lana?", oré. Decidí que simplemente tendría que esperar hasta que él respondiera.

Un tiempo después le sobre otra familia misionera que estaría disertando en una iglesia cercana. Decidí poner toda esa lana en el baúl del auto y asistir a la reunión. Mi esposo y yo llegamos justo a tiempo para el servicio, pero antes de poder hablar con alguno de ellos, la señora contó la historia para los niños. La historia era sobre Margarina, una abuela que estaba paralizada y yacía en el suelo. Primero limpiaron sus llagas y le consiguieron un colchón, después obtuvieron una silla en donde podía sentarse durante el día. La misionera continuó: "Sabía que debía ser aburrido estar sentada allí día tras día, sin nada para hacer No sabía leer. Mientras oraba por una idea, vino a mi mente la idea de tejer. Pregunté a la abuela africana si sabía tejer, y me sorprendió que ella respondiera que sí. Hacía diez años, alguien había ido a su aldea y le había enseñado a tejer, pero cuando se mudaron y ella se quedó sin lana, tuvo que dejar de tejer. Entonces, llegó la parálisis. Todavía recordaba cómo tejer. Yo tenía un poco de lana y agujas de tejer, y estaba muy entusiasmada por la idea que me había dado Jesús”. Entonces, la oradora mostró a los niños un gorro y escarpines rosados para bebé, que la abuela africana había hecho, sentada en su choza oscura de pisos de tierra.

Yo pensaba en la lana que tenía en el baúl de mi auto. Luego de servicio, relaté a los misioneros cómo había reunido esa lana, para después descubrir que la familia ya no la necesitaba y cómo había sentido la impresión de que debía traerla ese día. ¿Podrían usarla?

-¡Sí, nos encantaría llevar la lana para Margarina! -dijo ella.

Entonces, medio el gorrito y los escarpines para que los guardara y los mostrara a las personas de mi iglesia. Ahora podía mostrarlos durante la historia para niños, y a quienes habían donado la lana.

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