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Las flores de orquídea

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"Por eso, de la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, vivan ahora en él, arraigados y edificados en él confirmados en la fe como se les enseñó y llenos de gratitud" (Col. 2: 6, 7).

Una mañana de noviembre, estaba desempolvando la cornisa de nuestro rincón desayunador cuando lo vi por primera vez. Era el más grande de diez capullos diminutos en la base de un tallo frágil semejante a una caña, que había brotado de la orquídea dendrobium que me había dado mi amiga el año anterior. Recordé que ella la había trasplantado a una nueva maceta ese mes de febrero. Y la pequeña planta disfrutaba de su lugar en la ubicación perfecta: un área relativamente seca, con luz indirecta y movimiento de aire adecuado. Era la imagen de la promesa. Me pregunté cómo no habíamos visto antes los capullos; después de todo, cada día miramos por nuestra ventana, que tiene vista a la cancha de golf.

Una semana después, estábamos más fascinados todavía, al ver cómo pétalos totalmente blancos formaban una flor perfecta. Al día siguiente, los pétalos tomaron el color lavanda profundo típico de esta variedad de orquídea. El desayuno se convirtió en una atracción, al observar las novedades. A veces, otro capullo se abría; otras, cambiaba el color de una de las nuevas florecillas. Terminamos haciendo un juego de bendiciones a causa de la anticipación que sentíamos, y compartíamos una nueva bendición cuando se abría un nuevo capullo. Una mañana comenté: "Estoy muy feliz porque la orquídea haya florecido de nuevo, pero estoy aún más feliz porque Jesús volverá"

Otra mañana, mi hija alabó a Dios por la belleza en el juego simbólico de luz y oscuridad reflejado en las marcas blancas y violetas de la orquídea, y que representa nuestro caminar por la vida, sabiendo que Dios está al control de su pueblo.

Al pensar en la hermosa orquídea, me di cuenta de que hay muchas lecciones espirituales para mí en esta experiencia. Primero, hay bendiciones a nuestro alrededor que no nos tomamos el tiempo de notar ni de agradecer. Debemos vivir buscando las bendiciones que Dios pone en nuestro camino. Cuando Dios está al control, todo representa una promesa.

La orquídea trasplantada también me recordó que cualquier lugar al que Dios nos envíe es el lugar perfecto. Lo que hacemos en cada momento es significativo. Nuestras vidas pueden significar los sermones que el mundo oye incluso si no solemos pronunciar palabra. Así como el color fascinante de la orquídea llenó la habitación de encanto, nuestros agradecimientos a nuestro Creador misericordioso llenan nuestras vidas.

CAROL J. GREENE


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