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Una fe como de niño

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"Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mat. 18: 3).

Era una tarde oscura a principio de invierno, y se sentía la expectativa en el aire de la pequeña iglesia en la Berea bíblica, mientras nos preparábamos para nuestro primer seminario de Apocalipsis. No podíamos promocionarlo en la radio o la televisión, ni siquiera en el periódico local, pero todos habíamos invitado a amigos y vecinos, e incluso a conocidos. Sin embargo, era Grecia. ¿Alguien vendría?

Mucho antes del comienzo de la reunión, se abrió la puerta y entró un hombre pequeño, delgado, anciano y pobremente vestido. Nos apresuramos en darle la bienvenida, le dimos una Biblia nueva y una copia de la primera lección. Luego, charlamos suavemente. Después de un rato, preguntó si podía recitar un poema que había escrito sobre Jesús. Por supuesto, nosotros estuvimos de acuerdo. Así que caminó hasta el frente de la iglesia y cantó su poema, una composición propia, sin la ayuda de palabras escritas o de música. Era simple, como de niño, y profundamente conmovedor.

Se fue al terminar la reunión, sosteniendo con fuerza, contra su corazón, su preciosa Biblia y la segunda lección. Irradiaba gozo. Él era casi analfabeto, pero estaba seguro de que su pequeña nieta estaría más que dispuesta a ayudarlo con la lección.

A la tardecita siguiente volvió, trayendo su Biblia con cuidado y habiendo completado la segunda lección. Esto continuó por varias reuniones. Pero entonces, una noche no vino; de hecho, nunca lo volvimos a ver ¿Qué podría haber sucedido? Unos días después llamamos a su casa por teléfono y hablamos con su hija. Esto es lo que ella nos dijo: al volver del seminario, había estudiado la lección, como de costumbre, con la ayuda de su dispuesta nieta. Más tarde, cuando la familia se acostó a dormir, él quiso quedarse un ratito más con su Biblia. Sentía un poco de frío, así que lo envolvieron bien con una frazada y lo dejaron sentado en la mesa, leyendo con dificultad. Fue una noche fría, y su familia se sorprendió al encontrarlo a la mañana siguiente todavía inclinado sobre su Biblia. Pero no estaba leyendo: había caído pacíficamente en su último sueño. Ahora espera la gloriosa mañana de la resurrección, cuando verá a su preciado Jesús cara a cara.

Ojalá todos tuviéramos más de esa simple fe y amor por Jesús, como la de un niño, porque de los tales es el Reino de los cielos.

REVEL PAPAIOANNOU


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