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Dios en una caja

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"Le has concedido lo que su corazón desea; no le has negado lo que sus labios piden" (Sal. 21: 2).

Muchas veces, a lo largo de mi vida, la presencia de Dios ha sido muy real para mí. He tenido la bendición, en el ámbito terrenal, de saber que Dios está cerca. Una ocasión en particular resalta más que el resto.

Era justo antes del Día de Acción de Gracias de 2006, y mi esposo y yo estábamos estudiando en Andrews University. Como la mayoría de los estudiantes que trabajan para pagar sus estudios, no disponíamos de mucho dinero, y ese otoño teníamos muchas necesidades. Habíamos invitado a mi madre y mi padrastro a acompañarnos para la cena de Acción de Gracias, además de a varios estudiantes que no tenían el dinero para volver a sus hogares para la celebración.

Durante un momento tranquilo en mi pequeña cocina, tuve un ratito a solas con Dios. Estaba pensando cuán lindo sería tener platos que hicieran juego para nuestra cena. Además, en esos días, los zapatos de mi hija menor le habían quedado chicos y no teníamos dinero para comprarle nuevos. Pensaba: Dios, sería lindo tener platos que hagan juego, y algunos zapatos para nuestra niñita. No fue más que un pensamiento. No pronuncié estos deseos ante nadie. Fue solamente un corazón de madre que hacía eco en mi mente.

A la mañana siguiente, cuando salía de casa, me encontré frente a una caja. Como no sabía quién la había traído o qué contenía, estaba entusiasmada por abrirla. Ser estudiante universitaria pobre hace que cosas como esta sean emocionantes. Así que traje la caja a nuestra casita de setenta metros cuadrados, y comencé a abrirla. Tenía una bolsa de plástico que no era transparente, y algo más debajo. Debajo de la bolsa de plástico había un juego de platos que hacían juego. No eran nuevos, pero era un juego de ocho piezas, con todos los accesorios. La emoción comenzó a embargarme. Abrí la bolsa. Para gran gozo, ¡encontré seis pares de calzado que le quedaban perfecto a nuestra pequeña hijita!

Con lágrimas corriendo por mis mejillas, susurré: "¡Dios! ¿Cómo? ¿Cómo puedes amarme tanto?". ¡Ni siquiera lo dije en voz alta! ¡Fue solo un pensamiento!

Allí estaba: sorprendente, mi Dios, mi Rey. En una caja de platos y una bolsa de calzado para niña. Mi corazón rebosaba, sabiendo que el Rey del universo acababa de sentarse conmigo mientras abría una caja llena de su amor.

TANYA KENNEDY


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