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Dos semanas extra

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“Antes que me llamen, yo les responderé todavía estarán hablando cuando ya los habré escuchado" (Isa. 65: 24).

Está bien, Señor ¿Para qué voy a necesitar estas dos semanas extra?, fue la pregunta que se cruzó por mi mente mientras iba hacia el quirófano del hospital para dar a luz a nuestro hijo mediante una cesárea. Habíamos planificado cuidadosamente la fecha para el lunes posterior al Día de Acción de Gracias. Había diseñado el plan y lo había hablado con mi médico, quien había dado su aprobación. Así, mi esposo, que estaba en Jamaica, tendría tiempo de sobra para llegar antes del nacimiento de su primogénito.

Pero aquí estaba, con 37 semanas de gestación y dos semanas antes de la fecha planificada, yendo al quirófano a tener mi bebé, ya que debía nacer pronto. Mi médico había sido bueno al darnos un día para que mi esposo pudiera viajar para estar conmigo y presenciar el nacimiento de su hijo. El trato era que tendría que quedarme en el sector de partos, para que pudieran monitorear constantemente al bebé.

Me dieron dos dosis de anestesia peridural, que no funcionaron, entonces me aplicaron anestesia general. Luego, llevaron inmediatamente a mi bebé a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales. Era una cosita pequeña y escuálida, a quien le costaba regular su temperatura y glucosa en sangre. Aparentemente, había dejado de crecer dentro de mí, de allí la necesidad de que naciera antes de lo previsto. Pasó una semana y media en cuidados intensivos, e incluso cuando pudimos llevarlo a casa nos advirtieron de no llevarlo a lugares públicos. Si enfermaba, tendrían que hospitalizarlo nuevamente. Cuando tenía cinco semanas, el pediatra nos dio permiso para llevarlo a la iglesia y dedicarlo; y al cumplir seis semanas, pudimos viajar en avión hacia Jamaica con él.

Dios, en su sabiduría, alteró mis planes cuidadosamente trazados e hizo nacer a nuestro hijo dos semanas antes. No sé si de otra manera hubiéramos tenido los mismos problemas de parto; quizás habrían sido peores. Lo que sí sé es que cuando nos fuimos a Jamaica fue evidente que esas dos semanas fueron muy importantes para que él se fortaleciera y estuviera lo suficientemente grande para viajar.

Esta es solo una experiencia en mi vida en la que Dios intervino incluso antes de que supiera que tendría que clamarle. Confía en Dios hoy, él cuidará tus espaldas.

RAYLENE MCKENZIE ROSS


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