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Amor sin límites

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"¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidare, ¡yo no te olvidaré!" (Isa. 49: 15).

Mientras mi esposo estudiaba Teología, vivimos en una casa con un bonito y espacioso patio trasero, un buen césped y un hermoso árbol de mango frente a nuestra propiedad. En el patio trasero, una lechucita vizcachera, o mochuelo de madriguera, hizo su nido. Esta lechuza recibió su apodo porque escarba un hueco en el suelo y allí deposita sus huevos.

Desde la ventana de la cocina podía ver la lechuza todos los días. Ella se quedaba inmóvil, sin irse nunca de la entrada del hueco, protegiendo su preciosa descendencia. Era igual todos los días. Cuando mi hijo intentó acercarse sigilosamente para ver los huevos, la mamá lechuza estaba lista, y preparó su ataque abriendo, amenazante, sus alas y avanzando. A veces volaba, para demostrar lo que sucedería si él se acercaba.

Cierto día, vi algo que me impresionó en cuanto al cuidado que esta lechucita tenía por sus pequeñuelos. Fue de tardecita. Había llovido mucho, con fuertes vientos. Esta madre protectora, desde una corta distancia, protegida bajo la rama de un arbusto, permanecía observando constantemente su nido.

De inmediato, recordé el cuidado de Dios por nosotros, sus hijos. Él nos protege constantemente con amor y está siempre listo para defendernos cuando el enemigo trata de atacar. En medio de las tormentas y las adversidades de la vida, él continúa a nuestro lado: firme, considerado, aunque no lo podamos ver. En estas horas, podemos llegar a pensar que nos ha abandonado, pero en realidad, como esa madre cuidadosa, está bajo la siguiente rama. Desde allí presta atención a cada paso que damos. Tiene una visión mucho mejor de nuestra situación y siempre está listo para ayudarnos.

Al observar a esa pequeña lechuza y pensar en su devoción por sus polluelos, pensé en mi hijo, que en ese momento dormía, y en cuánto lo amo. No lo olvido ni por un minuto. Las palabras del versículo de hoy sobre el cuidado y el amor de Dios consolaron mi corazón: "Aun cuando ella [la madre, yo, la pequeña lechuza o quien sea] lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!" ¡Es muy lindo sentirse hijos amados del Señor!

PATRICIA C. DE ALMEIDA SANTOS


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