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El toro enojado y tres hombres

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"Nuestra ayuda está en el nombre del Señor, Creador del cielo y de la tierra” (Sal. 124: 8).

La barcaza Samaritana ll descendió el río Rivera de Iguape, por la costa sur de San Pablo, Rep. del Brasil. Mi esposo, pastor misionero que trabajaba en esa embarcación de asistencia social cristiana, estaba en el timón y nosotros, cerca de él, charlábamos y contemplábamos la vista. El hermano de mi esposo y su familia viajaban con nosotros.

Era un típico día caluroso de verano. Mi esposo tenía que anclar la barcaza en el puerto de guape, para comprar combustible y alimentos.

Como Iguape estaba cerca del mar, decidimos ir a la playa. Él ancló la barcaza en un costado de una isla deshabitada, que tuvimos que cruzar a pie. La isla estaba cubierta de matorrales y, cuando íbamos a mitad de camino, vimos una manada de toros. Mi esposo llevaba en sus brazos a nuestro bebé, mi cuñado tenía a nuestra hija mayor de la mano, y yo llevaba de la mano a nuestro hijo de tres años.

Entonces, noté que uno de los toros se separó de los demás. Estaba quieto, con su cabeza levantada en posición de ataque. Sus cuernos puntiagudos apuntaban al frente. Al dar un vistazo a la isla, grité a mi esposo:

-¡El toro va a atacar!

No había protección contra ese toro. Solo Dios podía ayudarnos. El toro avanzó hecho una furia y sus cuernos todavía estaban en posición de ataque. Todos corrieron; menos yo, que cuando traté de hacerlo, mi pierna derecha se hundió en un hueco profundo y estrecho. Estaba atrapada. Puse a mi hijo frente a mí y lo cubrí con mi cuerpo, para protegerlo. Yo estaba de espaldas al toro y me congelé esperando el ataque. Cuando el toro estaba a solo unos metros de distancia, escuché a unos hombres gritando. Miré hacia atrás, y vi a tres hombres blandiendo sus herramientas de trabajo contra el toro. El toro resistió a los hombres pero, finalmente, lograron asustarlo y alejarlo de la zona.

Entonces los hombres, con sus herramientas en las manos, tomaron el sendero que iba hacia el mar y desaparecieron en la isla solitaria.

¿Quiénes eran y cómo llegaron en el momento exacto para ayudarnos? Desde hace más de cuatro décadas, mi esposo y yo nos hemos hecho la misma pregunta... aunque sabíamos que solo Dios podía contestar.

ADAIR OTTONI RAYMUNDO


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