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Honestidad del viernes de tarde

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“Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia” (Prov. 3: 5).

Mi método de pago era generalmente un depósito directo. De hecho, no había ido al banco a realizar una transacción por siete años. Ahora era viernes de tarde ¡y en la ocupadísima temporada de fin de año! Fui a la ventanilla de autoservicio del banco, para cobrar un cheque de cuatrocientos pesos de mi depósito.

Mientras esperaba que se completara mi transacción, una compañera de trabajo se detuvo en la fila de al lado. Yo la vi, pero ella no me vio. Ella estaba teniendo algunos problemas para realizar su transacción, entonces le ofrecí ayuda. Con mis instrucciones, pudo presionar el botón "enviar". Mientras esperábamos, charlamos un ratito. Finalmente, mi transacción terminó. Rápidamente tomé mi recibo, agradecí al cajero y me despedí de mi compañera de trabajo.

Había manejado unos 150 metros, cuando noté que el lugar que suele ocupar mi licencia de conducir en la billetera estaba vacío. Tampoco tenía el sobre con el dinero en efectivo. ¡Oh, no! El cajero del banco no había ejecutado mi transacción correctamente.

Maniobrando en el tránsito, hice un giro en U y estacioné al lado de las filas para autoservicio. Mi corazón latía con rapidez, pero sentía calma. Al acercarme a la ventanilla, todos los cajeros me hacían señas con las manos: "Venga, venga, venga". Sus rostros denotaban alivio, urgencia y perplejidad… la necesidad de decirme algo.

Mi cajero exclamó:

-Olvidaste el sobre con tu efectivo y licencia de conducir. El cliente que estaba detrás de tilo vio y me lo trajo.

Me sentía asombrada, sorprendida y agradecida. ¿Cómo podía ser posible? ¿Cómo podía ser real esta situación, en la época en que nos encontramos? ¿Una persona devolviendo cuatrocientos pesos en efectivo?

El lunes, cuando vi a mi compañera de trabajo, estaba por contarle lo que había sucedido; pero ella me dijo: "Lo vi todo, y estuve en posición de ayudar a salvaguardar tus posesiones".

El Dios omnipotente protegió mi dinero y mi licencia de conducir a través de la colaboración entre el Espíritu y un ser humano; de la misma manera, continuará mostrándose. Todo lo que necesitamos hacer es permitírselo a Dios. ¡Qué demostración de honestidad!

PAULINE A. DWYER-KERR


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