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Un cliente apreciado

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Alaba, alma mía, al Señor [...], él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión" (Sal. 103: 2-4).

Me desperté esta mañana de Navidad pensando en qué regalos debería darle a mis hijos. Tienen 27 y 22 años, ambos son solteros y viven con nosotros. Ambos están en momentos de transición. El mayor está desempleado y pensando en volver a estudiar. El menor acaba de terminar la universidad y se está preparando para el examen de obtención de su matrícula. Por el momento, no hay absolutamente nada que puedan hacer, y verlos con más tiempo libre que trabajo nos molesta muchísimo a mi esposo y a mí.

Así que aquí estoy, meditando sobre qué regalarles. Es demasiado tarde para salir de compras, y no quiero darles cosas que no necesitan ni quieren. ¿Debería darles algunos billetes, como me prometí varias veces en el pasado? ¿O solo una tarjeta o una carta navideña? Después de todo, la intención es lo que cuenta, ¿cierto? Pero, cuanto más pienso y oro, más me doy cuenta de que no puedo hacer esto, sin importar sus comportamientos pasados o mis promesas. Mi corazón no lo aguanta. La Navidad se trata de dar y amar, no de castigar. Y, con seguridad, no me hará más feliz.

Pensar que Dios me ama y me favorece una y otra vez, llenando mi vida continuamente con bendiciones, afirma esta idea. No dudo de que lo he decepcionado en innumerables ocasiones, pero él no duda en prodigarme regalos extravagantes. Él permitió que su único Hijo sufriera dolor y dificultades, para que yo tuviera la posibilidad de estar con él por la eternidad. Incluso cuando no piense en él, sino que pase tiempo en actividades tontas, él siempre está allí, listo y anhelando darme lo que más necesito: consuelo, dirección, sabiduría, un corazón perceptivo, esperanza, la necesidad que sea.

Ser madre me ha ayudado a entender un poquito el corazón de Dios. Varias veces se enojó por la rebelión, la resistencia y la estupidez de su pueblo apreciado, los israelitas, pero lo siguiente que hacía era prometerles cuidar de ellos y restaurar lo que habían perdido. Él nos ruega que volvamos a él, porque sabe que esta es nuestra mejor oportunidad para vencer al enemigo. ¡Qué amor!

Así que aquí estoy, preparando mis simples regalos para mis hijos adultos jóvenes, los cuales el Señor me dio para que amara. La cantidades mucho mayor de lo que había pensado originalmente, pero sé que esto me hará feliz. Después de todo, yo soy beneficiaria de inmensurable favor y amor.

ANA TEORIMA FAIGAO


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