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Fue Dios quien me envió aquí, y no ustedes (Génesis 45: 8).

Es imposible leer el pasaje bíblico de hoy sin sentirte triste. Los hermanos que vendieron a José como esclavo quedaron atrapados en una situación que amenazaba sus vidas. Su tierra natal estaba envuelta en la hambruna, y la única agencia de asistencia que ofrecía comida estaba en Egipto. La dirigía José.

¿Recuerdas la impugnación en contra de un tal William Jefferson Clinton, que fue presidente de Estados Unidos a finales del siglo pasado? (Creo que ni habías nacido, así que probablemente no.) Él tuvo un desliz con una joven estudiante que hacía una pasantía en la Casa Blanca, y cuando lo descubrieron, sus enemigos políticos lo rodearon y se fueron sobre él. Expusieron el asunto ante el mundo entero y le hicieron una impugnación, castigo reservado solamente para quienes cometen «crímenes y delitos de orden superior».

Podrás imaginar el gran miedo que sintió el señor Clinton. Había actuado mal, lo descubrieron, y no tenía dónde esconderse. Pero entonces pasó algo interesante. Algunas de las personas determinadas a arruinar al presidente Clinton, expusieron sus vidas plenamente durante el proceso.

Cuando al señor Clinton lo destruían por mentir acerca de su aventura, algunos de sus principales acusadores resultaron culpables del mismo pecado. Uno por uno quedaron expuestos. La mala conducta de ellos cerró el círculo, y caramba, sus pecados los destrozaron.

José tenía el derecho de destruir a sus hermanos, de negarles su ayuda y apoyo. Bien pudo haberlos matado. Cuando un yerno de Sadam Husein (recuerdas al dictador ya muerto de Iraq, ¿no?) regresó a su casa después de que su suegro le perdonara una traición, Sadam ordenó su ejecución. José pudo haber hecho lo mismo, pero él sabía algo que Husein ignoraba: Dios aprueba hasta las cosas malas que nos han hecho. El Señor ve y pesa todo. José dijo a sus hermanos: «Los perdono. Ustedes quisieron lastimarme, pero Dios me guió aquí para salvarlos».

Nunca pagues mal por mal (Romanos 12: 21). Terminarás por destruirte.

NO DEJES DE LEER

Génesis 43-46

Lee con atención la reunión de Israel y José. (Génesis 46: 28-34). ¡Fabulosa!


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