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Aquí, en el País Valenciano, en el que he nacido y vivo, no hay fiesta que no termine con un espléndido - castillo - de fuegos artificiales: un ensordecedor de trueno de cohetes, en medio de los más espectaculares estallidos de luz y color. Con una tradición de siglos, mis compatriotas presumen de tener a algunos de los mejores pirotécnicos del mundo, galardonados con los premios más prestigiosos de este arte.
Recuerdo mi emoción, de niño, cuando contenía la respiración, estremecido las atronadoras explosiones, deslumbrado por los diseños de luz, siempre cambiantes, y aterrado por los falsos rayos y retumbantes truenos.
La pirotecnia fascina. No es de extrañar que, con el paso de los siglos, este arte, venido del Extremo Oriente, fuese acogido con tanto entusiasmo por las cortes europeas. Pronto, los grandes señores y monarcas empezaron a conmemorar sucesos destacados con grandiosos «espectáculos totales» de música y luz, que acompañaban los fuegos de artificio con la intervención de grandes orquestas dirigidas por compositores famosos. Quizá la obra más conocida sea la Música para los reales fuegos de artificio, inmortalizada por un autor de música religiosa tan ilustre como George Frideric Handel, creador del sublime Aleluya.
Sin embargo, se trata de meras explosiones luminosas que parecen querer imitar a las galaxias de los cielos, sirviéndose de su pretencioso lenguaje de luz, que por hermoso que nos parezca es, además de contaminante, sumamente efímero.
Hoy para mí los fuegos de artificio son un llamado adicional a meditar sobre nuestro paso por la vida, donde las mayores bellezas son todas fugaces y pasajeras, pálidos reflejos de las alegrías eternas.
«Así pasa la gloria del mundo», recordaba Haendel en su famosa sinfonía, para que sus contemporáneos no olvidasen que la luz verdadera no se encuentra aquí, donde nuestra trayectoria es tan efímera como un breve fuego de artificio, sino en la eternidad.
Hoy deseo contribuir al gozo del cielo.
EN MIS LUCHAS