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Hay heridas que sanan, pero dejan cicatrices. Son memorias, a veces imborrables, de sufrimientos pasados, que suelen durar toda la vida.
Bruce Lowery, en su libro La cicatriz, cuenta su traumática experiencia, cuando a los trece años descubre que la marca que le ha dejado la operación de su labio leporino, lo separa de sus nuevos compañeros. El primer día en su nueva escuela, la profesora intentó, amablemente, presentarlo a la clase. «Pero nunca pudo terminar. Una ola de carcajadas (...) invadió el aula. Yo no sabía qué hacer con mis manos: meterlas en los bolsillos, esconderlas en la espalda. Me miré la ropa, pero no vi nada raro (...) Intentando aparentar indiferencia o sonreír... tomé conciencia por vez primera de la cicatriz que me partía el labio... Me sentí tan ridículo y triste que no supe si reír también, o llorar (...) Sin embargo, ni reí ni lloré (...). Al cabo de un buen rato las risas cesaron. Hasta la crueldad fatiga... »
La encarnación de Jesús fue tan real que sigue llevando las marcas de su inmenso sacrificio incluso en su cuerpo glorificado.
Algunos también decidieron hacer burla y escarnio de las heridas de Jesús (Mateo 27: 27-31, 39-44). Pero a los creyentes, al contrario, las cicatrices de Jesús nos acercan a él con lazos de amor.
Cuando Tomás tomó conciencia de lo que las cicatrices de Jesús significaban para su destino eterno, no pudo por menos que postrarse ante él y adorarlo. No necesitó entonces ya más pruebas ni hacer más preguntas.
-«¡Señor mío, y Dios mío!», exclamó Tomás desde el corazón. Y Jesús le dijo: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Juan 20: 28-29).
El trato dado por Jesús a Tomás es una hermosa lección también para nosotros, sus seguidores. Su ejemplo demuestra cómo debemos tratar a quienes sufren y dudan. No procede abrumarlos con reproches, es mucho mejor ayudarles a ver las cicatrices que Cristo lleva en su cuerpo por amor a ellos. Y a nosotros.
FRENTE AL DOLOR