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El terror invisible, parte I

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«Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar sangre inocente; sus pensamientos son pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos» (Isaías 59: 7).

17 de enero de 1955, el submarino Nautilus de la Armada Norteamericana se deslizó por el canal principal del río Thames de Connecticut para su primera prueba en el mar. Este fue el primer navío impulsado por fuerza nuclear y verdaderamente digno de ser llamado submarino. Cuatro meses después, el Nautilus recorrió sumergido todo un trayecto de 2,577 kilómetros en 84 horas. En 1958, llevó a 116 hombres en un viaje de 3,200 kilómetros bajo el Polo Norte por el techo del mundo. Los submarinos son capaces de pasar bajo el agua el 99.5% de su tiempo y pasar meses y meses sumergidos. En septiembre de 1914, la Marina Alemana hizo ver lo terriblemente eficaces que fueron los submarinos en combate durante la Primera Guerra Mundial. El U-9 hundió tres cruceros ingleses en poco más de hora y media en el mar del norte. Durante la Segunda Guerra Mundial, el terror invisible de los alemanes destruyó más de 14 toneladas de mercantes aliados. En resumen, los submarinos nucleares fueron creados con la misión de destruir.

Tal como los submarinos, nuestros pensamientos y malos sentimientos son capaces de permanecer escondidos en la profundidad de nuestro corazón y son eficaces para hacer la guerra contra nuestros hermanos. No se ven a simple vista, son el terror invisible, pero están ahí esperando el momento de hacer daño. Nuestros submarinos podrían llamarse envidia, rencor, odio, venganza, soberbia, egoísmo, presunción, despotismo, celos, crítica, entre otros; y atacan a quienes consideran enemigos en la primera oportunidad que se les presenta. Tal cual lo describe el verso de hoy, en sus caminos solo hay destrucción y quebrantamiento. Si queremos llegar al puerto seguro de la Patria celestial, es necesario deshacernos de nuestros «submarinos». Seamos honestas para reconocer qué estamos transportando en nuestros pensamientos y si hay en nuestro ser navíos que estorben nuestro encuentro con Jesús.

La buena noticia es que, si lo pedimos, el Espíritu Santo puede destruir nuestros malos pensamientos y sentimientos. Si le permitimos actuar en nuestras vidas, él pondrá pensamientos de vida y no de muerte, de construcción y no de destrucción. Recuerda que no fuimos diseñadas para destruirnos entre nosotras mismas, sino que fuimos hechas para trabajar en unidad con una misión especial: mostrar el amor de Jesús al mundo.

#pdfelizsinsubmarinos

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