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Un té con la señora Lindoneta

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«Los que aman tus enseñanzas tienen mucha paz y no tropiezan». Salmo 119:165.

Doña Lindoneta era una señora de 75 años que vivía en mi calle. Solía sentarse en una silla frente a la puerta de su casa y pasar el día allí, observando el movimiento. De vez en cuando algún niño dejaba caer la pelota en su jardín. Entonces ella abría la puerta y aprovechaba para preguntarle por su familia y ofrecerle una galleta.

Sus hijas vivían lejos, pero ella siempre decía que sus vecinas también eran su familia. Su tetera amarilla era famosa en el barrio. De allí salía un fuerte aroma a canela o té de limón.

El mundo estaba ocupado, los niños pasaban y corrían. La gente iba y venía de su trabajo y de sus clases. Pero allí estaba la señora Lindoneta, con su té, su Biblia de páginas amarillentas y sus oídos siempre dispuestos a escuchar.

En medio de una gran ciudad, de una capital, ella nos enseñó, con su ejemplo de vida, que se puede tomar descansos incluso cuando la rutina es agitada. Por eso siempre nos preguntaba:

-Parece que necesitas un poco de té. ¿Puedo servirte?

Necesitamos buscar la paz a lo largo de nuestros días, detenernos un rato a escuchar historias, decir lo que sentimos y leer enseñanzas de la Biblia.

Mi oración: Padre que estás en el cielo, ayúdame a tener calma en mi vida.

Sosiego: Quietud, ausencia de confusión y ruido. El goteo suave de una llovizna, el abrazo de la familia.

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