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Cuando una persona quiere vivir o ser sanada, se aferra a su última esperanza con todo su corazón, porque sabe que es lo único que le queda. ¿Te puedes imaginar a este pobre hombre paralítico? Había pasado muchos años con su enfermedad cuando escuchó hablar de Jesús. Casi no podía creer las historias que le contaban: «¿Estás seguro de que sana cualquier enfermedad?», preguntaba una y otra vez. ¿Pero cómo ir a él? ¿Y si conoce mi vida pasada? Cuánta tortura, qué mente tan culpable. El remordimiento hacía presa de este hombre que bien sabía cuántos pecados tenía en su conciencia, pero la necesidad pudo más y este pidió ser llevado ante Jesús, dejando a un lado su culpabilidad y vergüenza.
El Señor, al ver la fe de quienes lo cargaban así como la del paralítico, lo que le dijo fue: «El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados». La mente de este hombre no podía creer lo que escuchaba. Su mente culpable, su rostro avergonzado, cambió a un semblante de esperanza y de gratitud. Lo que más anhelaba era estar en paz y perdonado. Nadie podía comprender lo que pasaba dentro de él, solo Jesús y él conocían lo que estaba ocurriendo en su corazón.
Los acusadores del Señor, sin tener el contexto de la historia interior, le reclamaron a Jesús: «¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?». Jesús, conociendo sus pensamientos, exclamó: «¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?». Entonces, mirando al hombre en su lecho, le dijo: «Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa».
El encuentro con Jesús fue un encuentro de restauración total tanto física como espiritual. El Señor no deja nada a medias: así como conocía la vida del paralítico, conoce tu vida, sabe tus tormentos, tu culpabilidad y tu vergüenza, pero está buscando, esperando que tu necesidad sea más grande que tu pena, esperando a que vengas. Él está listo para perdonarte, listo para decirte: «Ten ánimo, tus pecados te son perdonados». Toda la paz, toda la tranquilidad y el deseo de vivir volverán a tu vida. Ven a Jesús, él ya te conoce. No tienes que preparar un discurso, ven solo con tu necesidad, porque todo es por su gracia.