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El sentimiento natural del ser humano es querer el reconocimiento o trabajar muchos años para recibir una placa de gratitud por el servicio brindado u otros incentivos. Puede que no se sienta tan bien cuando ves que otros son reconocidos por logros que, a juicio propio, son menores que los tuyos. En ocasiones se critica a quienes otorgan los reconocimientos y se les llama miopes o favoritistas. Sucede lo contrario cuando se encuentra algún familiar entre los que son reconocidos; ahí se anula la sospecha y el enojo.
Es difícil saber ubicarte en tu lugar porque consideras tener las calificaciones para merecerlo todo. Juan el Bautista ofrece un extraordinario ejemplo de humildad. Básicamente contemporáneo de Jesús, había nacido producto de un milagro hecho por Dios, concebido en la vejez de sus padres. Todo el mundo estaba pendiente para saber qué sería de este niño con tantas señales divinas que lo marcaban como un niño especial. Considerado, aceptado y respetado como profeta, Juan tenía a la multitud en sus manos, gozaba de una popularidad total y no había líder en el escenario que le hiciera competencia. Pero él sabía quién era y para qué había nacido en este mundo. Ningún éxito empañó su visión: había venido para preparar el camino del Señor, por lo que estaba dedicado a esa tarea en cuerpo y alma.
Cada día esperaba ver al que sería el Mesías, cada día aguardaba el momento del encuentro, cada día les recordaba a sus seguidores quién vendría. La aparición de Jesús en el mundo de Juan el Bautista fue el momento cumbre de su ministerio. Al ver a Jesús, le dijo: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (Mateo 3: 14). Bautizar al hijo de Dios fue su más alto privilegio, le dio la gloria y el reconocimiento y sin titubear dijo a sus discípulos: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3: 30).
Saber quién eres y para qué has venido al mundo es más importante que todos los reconocimientos que este te pueda dar. Hay que recordar que estás aquí por voluntad de Dios, por creación suya, que has venido para conocerlo y servirlo entre tanto regresa para llevarte a casa. Deja tu orgullo, aparta los celos, permite que Jesús sea quien te reconozca, pero que esto sea en el reino de los cielos, porque todo es por su gracia.