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La regla de oro

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«Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos » (Lucas 6: 31).

A cualquier persona emocionalmente sana le gusta que la traten bien, que se pueda sentir cómoda, aceptada, respetada y querida. Le da una sensación de bienestar que disfruta y desea.

Los judíos estaban permeados con la ley del talión, ojo por ojo, diente por diente, pero su aplicación obedecía más a la venganza, de manera que eran necesarias las ciudades de refugio para la salvaguarda de muchos que eran buscados para cobrarles la afrenta. El señor Jesús introdujo una dimensión diferente en las relaciones humanas. Su intención era fomentar una actitud de amor, compasión y compañerismo entre los seres humanos para que pudiera reinar una atmósfera no venganza, sino de amor.

¿Cómo te gusta que te traten? La frase «tu pasado afecta tu presente» es muy cierta. Toda persona ha sido afectada para bien o para mal por formación temprana. Muchos de los hábitos adquiridos quedaron fijos durante la edad adulta. Se trata de patrones de conducta que las hacen actuar como son hoy.

«Cómo me cuesta ser amable y mostrar cariño» es la declaración de muchos que vienen de hogares donde no fueron tratados con amor, donde el maltrato, el desquite y la venganza eran una constante. Cambiar de modelos mentales es complicado, pero no imposible. La escritura dice: «De modo que si alguno esta en Cristo es una nueva criatura, las cosas viejas pasaron» (2 Corintios 5: 17), Jesús hace una transformación en la mente del ser humano que a los terapeutas les tomaría años. El Espíritu Santo lo va transformando de manera imperceptible hasta convertirlo en una nueva persona.

La regla de oro es un recordatorio mental que Dios utiliza para mostrar cómo hay que tratar a los demás. ¿Te gusta ser tratado con amor? ¿Con respeto? ¿Con amabilidad? ¿Con consideración? Entonces trata a los demás con amor, con respeto, con amabilidad y con consideración. Los resultados serán inmediatos: la forma como te tratarán será diferente. No es que los demás hayan cambiado, ¡tú cambiaste! Todo empieza con uno mismo, así que no esperes a que otros cambien y sean como tú quieras. Trata a los demás como tú quieres ser tratado. Recuerda que Jesús no te trata como lo mereces, sino como hijo heredero de su reino, porque todo es por su gracia.

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