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Mi enseñanza no es de mí mismo

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«Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió» (Juan 7: 16).

Ha habido maestros notables en el mundo, personas que la humanidad considera referentes en alguna parte de la ciencia o la filosofía, pero millones están convencidos de que no ha existido un maestro más grande que Cristo Jesús. Es, por así decirlo, el Maestro de los maestros. Se registra que la gente de su tiempo se maravillaba por sus enseñanzas: «Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Marcos 1: 22).

Pero el Señor dijo claramente que su doctrina no era propia, sino que la recibía del Padre. Es decir, todo el mundo cristiano está identificado con Jesús o con el ministerio extraordinario del Espíritu Santo, pero el Señor destaca que todo inicia con el Padre. El plan de salvación, la iniciativa de salvar al hombre y la misión de la predicación del evangelio inicia con el Padre; por eso la Escritura recalca que el Padre estaba reconciliando al mundo por medio del Hijo.

La unión perfecta de la Trinidad da origen a la misión de Dios: «Como me envió el Padre, así también yo os envío». Podría traducirlo como «porque el Padre me enseñó, yo os enseño». Nada en al agenda del señor Jesús era improvisado; todo estaba perfectamente detallado y planeado. El Rey del universo pensó en cada momento de su ministerio con el propósito de que saliera perfecto.

Cada día el señor Jesús conversaba con su Padre para definir el trabajo de la jornada de un sistema que abarcaba todo el plan, de manera que nada quedara al azar. Las expresiones, las formas y la enseñanza perseguían a un todo en el plan de la redención de la humanidad. La obediencia perfecta de Jesús a la voluntad del Padre deja de manifiesto el gran amor que le tuvo al mundo. Un Padre mal comprendido por muchos cuidaba cada detalle y cada paso del seguimiento del plan redentivo.

El hecho de que Jesús diga que la enseñanza no viene de él debe mostrar el trasfondo de lo que quiso decir en verdad. Todo había sido tomado del Padre para que sus seguidores lo tomaran de Jesús. Imitar a Jesús será hacer la voluntad del Padre, el mismo que dio los diez mandamientos en el Sinaí y que le dijo a Jesús que enseñara a los demás a amar a su prójimo. Por esta razón, se encuentra en la Biblia: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10: 30), «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).

Aprender de Jesús es aprender del Padre; amar a Jesús es amar al Padre; y ser salvo por Jesús es ser salvo por el Padre, porque todo es por su gracia.

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