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¿Has pecado alguna vez y te has sentido como una chinche? ¿Te has sentido tan culpable que te sientes avergonzado ante Dios? ¿Tienes tanta pena que no te dan ganas ni de orar? ¿Presientes que eres un hipócrita pidiéndole a Dios perdón por los mismos pecados que prometiste no volver a hacer? Qué difícil situación. Aquí es cuando llegas a la conclusión de que jamás podrás vencer, que tu única esperanza es Jesús y que si él te deja estás perdido. Tú quieres obedecerlo y gritas desesperado: «¡No me dejes! ¡Perdóname!» Y Jesús esta ahí, listo para abrazarte y para perdonarte, aunque nadie crea en ti. El Padre amoroso que anhela salvar a su hijo se hace presente.
La mujer descubierta en pleno acto de adulterio estaba temblando de miedo. Su suerte estaba sellada y el apedreamiento era cosa de unos cuantos minutos. ¿Cómo negar que no era culpable? ¿De qué manera justificarse? Sola, derrotada, avergonzada, llorando por su pena, estaba lista para ser ejecutada.
Pero no conocía al Dios de amor. Jesús, al mirarla, se compadeció de ella, la perdonó e intercedió por ella en el cielo y en la tierra. Mientras la mujer estaba tirada en el suelo esperando su ejecución, el Señor miró a la multitud acusadora. Solo el que no hubiera pecado sería capaz de tirar la piedra. ¿Qué ser humano no ha cometido pecado? ¿Quién se sentía lo suficientemente limpio para ejecutar? ¿Cuántos no estaban avergonzados por su pasado y su presente? ¡Todos! Uno a uno se fue yendo, acusado por su conciencia.
Jesús levantó amorosamente a la mujer y le preguntó dónde estaban sus acusadores. Al escuchar su respuesta, la dejó ir sin antes haberla perdonado. Cuánta carga se quitó esta mujer de sus hombros y cuán libre se sintió. Un nuevo amanecer brilló en su vida, una felicidad indescriptible que no la dan ni todos los tesoros del mundo.
Y tú, ¿cómo estás? ¿Seguirás tirado sin levantar la cabeza? ¿Acaso piensas que Dios no lo sabe? Puede ser que estés peor que la mujer adúltera, que te sientas tan culpable que tu razonamiento te lleve a la conclusión de que, para los hipócritas como tú, no hay perdón. Pero ¿por qué no dejas que Dios lo decida? Después de todo, fue él quien murió por ti. Los que te rodean quizá te miren con desprecio, anhelando ejecutarte. Sin embargo, Jesús quiere levantar tu cabeza, cubrirte con su manto de justicia, mirarte a los ojos y preguntar: «¿Dónde están los que te acusaban? Ni yo te condeno; vete, y no peques más». Jesús no solo te perdona, sino que te ayuda a no pecar más. Ven a él, quien es tu Padre amoroso, porque todo es por su gracia.