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Vendré otra vez

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«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14: 1-3).

Una de las promesas que más me gusta escuchar es la de los novios cuando se casan, parados frente a frente en el altar, mientras el ministro les pregunta: «¿La amarás? ¿La respetarás? ¿La cuidarás? ¿En las buenas y en las malas? ¿En la riqueza y en la pobreza? ¿Te conservarás solo para ella? ¿Hasta que la muerte los separe? ¿Así lo prometes delante de Dios y estos testigos?», «¡Así lo prometo!», contesta cada uno.

¿Cuántos cumplen estas promesas? ¿Cuántos matrimonios sucumben ante la infidelidad? ¿Cuántas promesas rotas? Miles de parejas que juraron amor eterno terminan odiándose sin querer saber nada el uno del otro.

¿Cómo son las promesas de Dios? ¿Ha fallado en alguna de ellas? ¿Hay argumentos para confiar en ellas? ¿Son tan frágiles como las promesas del hombre? Definitivamente no son como las promesas del hombre. El hombre falla, se excusa, argumenta, pero Dios no cambia; él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

«No se turbe vuestro corazón». Es tan fácil desconfiar cuando no se tiene fe. Hay quienes quieren comparar las promesas de Dios con las del hombre, señalando que «son cuentos para la gente débil; les lavaban el cerebro para quitarles el dinero; nada existe, sino la vida y la muerte; no hay ningún cielo; todo sigue igual desde que inició la vida del hombre» y muchos otros más que quizá hayas escuchado.

Puede ser que para los que no creen suene a locura, pero, en lo personal, me llenan, me satisfacen y me encantan las promesas de Dios en este pasaje; son la promesa madre de todas las promesas. Cristo ha ido al cielo a preparar un lugar para los que lo aman. Vendrá muy pronto para llevarte para que vivas con él por la eternidad. Sus juramentos van más allá de la imaginación y nada hay en la mente del hombre que pueda compararse con lo que Dios ha ido a preparar. Es más lógico confiar en las promesas de Dios que en en cualquier otra cosa, porque confiar en ellas te da alegría, seguridad, propósito en la vida, misión, visión, valores y paz. Nada ni nadie puede darte esta bendición, solo las promesas de Dios.

Muchos viven vacíos y sin esperanza. Han confiado en sus riquezas, pero estas no prolongan la vida. ¿En qué confiar? Solo en quien nunca ha fallado, en quien no cambia, en quien te ama incondicionalmente; solo en Dios, el único que ha cumplido cada promesa. Que no se turbe tu corazón, cree en Dios porque volverá otra vez, aunque no lo creas. Esa es la promesa que cumplirá, porque todo es por su gracia.

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