|
Después de la ascensión de Jesús, los discípulos recibieron la promesa del Padre el derramamiento del Espíritu Santo. El Señor les había dicho: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros» (Juan 16: 7), y también les había profetizado: «Las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará» (Juan 14: 12) cuando lo miraban hacer milagros.
Pedro y Juan fueron al templo y entraron por la puerta Hermosa. Ahí se encontraron con un paralítico pidiendo limosna. Pedro, mirándolo, le dijo que se levantara en el nombre de Jesucristo y que caminara. Las Escrituras registran que el paralítico se levantó dando saltos de gozo.
No sé si te ha pasado, pero me ha tocado visitar enfermos en el hospital o amigos que por alguna razón sufren de algún padecimiento físico. Al terminar mi visita les digo que quiero orar por ellos, pero no me atrevo a decirles como los discípulos que se paren y anden. ¿Será que Jesús ya no hace ese tipo de milagros? ¿Cómo tener una fe tal que puedas decir con seguridad y sin titubear «en el nombre de Jesús levántate y anda»? El saneamiento del paralítico no era un fin en sí mismo; es decir, los discípulos no iban por ahí alardeando sobre la fe tan poderosa que tenían para sanar a los enfermos.
El Señor se manifiesta de maneras apropiadas en momentos apropiados. La confirmación de la naciente Iglesia, así como la confirmación de la fe de los discípulos, era muy necesaria en esos momentos. El Señor consideró oportuno darles ese poder a sus seguidores para el establecimiento de la Iglesia y la propagación de la misión en todo el mundo conocido.
Sin embargo, el Señor sigue obrando milagros en todas partes del mundo. En ocasiones los hace de forma extraordinaria y otras veces los hace por medio de los médicos. Aun así, los milagros realizados por el Señor tienen siempre un propósito salvífico, porque están conectados con su misión. El Señor que todo lo sabe y todo lo mira utiliza cada oportunidad para llamar a sus hijos o consolidarlos en la fe. Aunque todos mueren, quieren vivir lo más que se pueda, pero lo más importante es que estés seguro en la eternidad con Jesús y que tengas claro el momento oportuno para partir.
¿Cómo está tu fe? ¿Crees que Jesús puede hacer un milagro en tu vida? Ya lo hizo. Estabas condenado a la muerte eterna, pero Jesús murió para decirte: «Levántate y vive. Yo lo hice por ti», porque todo es por su gracia.