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Escogiendo a los siete diáconos

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«Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo» (Hechos 6: 3).

En el en mundo en el que hay que vivir ahora, la gente por lo general tiene la filosofía de que quien es un dirigente le toca mandar y ser servido. En estos últimos días, sin embargo, los candidatos políticos han intentado dar la apariencia de que quieren ser electos para servir e incluso han dejado anuncios donde aceptan que su jefe es el pueblo, pero varios han sido testigos de que mucho de lo que se dice resulta ser demagogia, pues una vez nombrados se olvidan de sus promesas y de sus ganas de servir.

El libro de Hechos registra el momento cuando la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, se vio en la necesidad de nombrar a siete diáconos para servir. La Iglesia había crecido tanto que los apóstoles no daban abasto para servir en las mesas. El Señor dio indicaciones de que debían ser hombres de buen testimonio y llenos del Espíritu Santo.

No había para estos hombres mayor privilegio que servir a su Señor, porque no solo sirvieron en las mesas, sino que visitaron a los creyentes e hicieron el trabajo de evangelistas predicando el evangelio. Uno de ellos, llamado Esteban, murió dando testimonio de Jesucristo, acto por el cual el cristianismo lo considera como el primer mártir. Otro de ellos, llamado Felipe, se convirtió en un poderoso evangelista que tuvo el privilegio de bautizar a uno de los principales funcionarios de Etiopía. Era tal su relación con el Señor que el Espíritu Santo lo transportaba a los lugares donde debía cumplir su ministerio.

Los diáconos enseñan cuán grande puede llegar a ser un hombre cuando, sin pretensiones, se dispone con humildad servir a Dios. Esto se refiere a servir sin esperar nada a cambio, a servir a quienes no pueden devolver el favor y a servir en las mesas como portador del evangelio.

Lo cierto es que para servir no se necesitan títulos. Donde quiera que te encuentres puedes servir. Puedes empezar sirviendo a tu familia, al barrio o a la colonia donde vivas, a la iglesia a donde asistas y a los compañeros de trabajo. El servicio mayor que puedes realizar es compartir el evangelio con aquellas personas que no conocen a Dios, porque ese servicio tendrá recompensas eternas.

En esta mañana, antes de salir de casa, piensa en quienes necesitan que les sirvas. Es posible que no solo no quieran tu servicio, sino que hasta te rechacen, pero recuerda: Jesús vino a hacerse siervo, aunque lo rechazaron y lo mataron. Él dio su vida gustoso porque su servicio tuvo y tiene consecuencias eternas: tu salvación y mi salvación, porque todo es por su gracia.

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