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¿Quién eres tú, Señor?

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«Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hechos 9: 5).

No hay nada más terrible que vivir engañado. Si a eso se le suma el hecho de creer que lo que haces le agrada a Dios y hasta supones que le estás haciendo un gran servicio para luego darte cuenta de que estabas equivocado, qué frustración da.

Pablo era un hombre honesto, pero equivocado. Estaba como fariseo al servicio del sanedrín para acabar con todo movimiento espurio que atentara contra la integridad del sistema y estaba firmemente convencido de que Jesús y sus seguidores eran un fraude. Debido a esto, pidió autorización para perseguirlos hasta exterminarlos.

La historia registra que, empeñado en su empresa, fue a Damasco para aprisionarlos; sin embargo, en el camino y de forma inesperada, una luz enceguecedora lo rodeó al mismo tiempo que una voz que solo él escuchaba le dijo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Saulo-a quien luego llamarían Pablocontestó: «¿Quién eres Señor?». «Yo soy Jesús, a quien tú persigues».

Qué forma tan dramática usó el Señor para llamar a Pablo. ¿Acaso no había otra forma? Un hombre empeñado en exterminar, matar y destruir solo podía ser detenido con un acto extraordinario. Todos los valores de Pablo se vinieron abajo; no lo podía entender. ¿Cómo era posible que todo por lo que había luchado y vivido estaba equivocado? Mil pensamientos venían a su mente: ¿lo que le habían enseñado no era verdad? ¿Las creencias de sus padres estaban equivocadas? La Biblia registra que finalmente Pablo entendió su error y que llegó a ser un gran discípulo de Jesús, tan empeñado en sus convicciones incluso más que antes, a tal punto que dio su vida por su Maestro.

Sin embargo, la pregunta sigue en el aire para todos: ¿quién eres, Señor? ¿Será posible que estés convencido de servir a Dios, pero estás equivocado? ¿O quizá vives con convicciones equivocadas? Ahora es momento de que te preguntes quién es el Señor en tu vida. Es el momento de venir a Jesús y de reconocerlo como Señor. Mañana puede ser demasiado tarde. Recuerda: todo es por su gracia.

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