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Somos humanos como ustedes

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«Y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay» (Hechos 14: 15).

El poder de Dios manifestado por medio de Pablo y Bernabé era increíblemente impresionante. Aunque Pablo no era parte de los doce discipulos, la manifestación del Espíritu Santo en sus obras demostraba que era un discípulo de Jesús. En la ciudad de Listra se encontraron con un hombre paralítico de nacimiento y Pablo, al mirar su fe, lo mandó a lavar y a cambiar. La Escritura dice que el hombre se levantó y saltando y que los hombres de la ciudad, al ver tal manifestación de poder, los consideraron dioses: a Bernabé llamaron Júpiter y a Pablo llamaron Mercurio. Los mismos sacerdotes de Júpiter querían ofrecer sacrificios en su honor, algo que dio paso a la conversación que se narra en el versículo de hoy. Los habitantes de Listra creían que eran dioses, así que los discípulos rasgaron sus vestiduras y rogaron que no hicieran semejante culto. ¿Pero cómo podían estos humanos hacer semejante milagro?

Para los que no conocen el poder de Dios les cuesta mucho creer que los milagros no vienen de los hombres, sino de quien ellos representan. Los discípulos dejaron bien claro que era el poder de Dios actuando por medio de ellos y no se atribuyeron la gloria para sí, sino que honraron a Dios en cada acto.

Los que trabajan para Dios deben tener bien claro esto en su mente: cuando Dios se ha manifestado de alguna manera por medio de su ministerio, toda la gloria debe ser canalizada para el Rey de reyes y Señor de señores. Es tan fácil atribuirse glorias que al hombre no le pertenecen; es tan gratificante quedar bien delante de los hombres; es tan satisfactorio para el ego personal sentirse grande, pero todo lo bueno proviene de Dios. La lucha que sostiene la naturaleza humana tan egoísta es constante y solo el Espíritu de Dios es capaz de subyugar cualquier manifestación de vanagloria. No hay santo más que Dios, no hay poder milagroso además del que viene de Dios y tampoco hay persona perfecta fuera de él.

«¡Somos humanos!», gritó Pablo: esa es la gran verdad. Dios te puede usar con todas tus flaquezas sin que olvides que la honra y la gloria son solo para él. Eres humano, eres hijo de Dios, eres salvado por su gracia. Levanta tus manos en gratitud y alabanza hacia Dios, porque todo es por su gracia.

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