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La ciudadanía en los tiempos actuales se ha convertido en algo muy importante para muchas personas. Cuando alguien es ciudadano de una potencia mundial, generalmente se siente orgulloso de su procedencia. Otros, sin embargo, luchan con desesperación por conseguir alguna ciudadanía que les dé más seguridad económica y social.
La gran mayoría de las personas, aunque no vengan de un país poderoso, se sienten orgullosos de sus raíces, a pesar de que les gustaría que la situación socioeconómica de su país fuera diferente. El asunto es que eso ha traído un desplazamiento increíble en los últimos años, registrándose un éxodo masivo de personas de diferentes partes del mundo que quieren conseguir un mejor lugar para vivir. Miles mueren en el intento, pero, lejos de desanimar, miles más lo siguen intentando a sabiendas del gran riesgo.
Pablo era de Tarso de Cilicia, un ciudadano romano que poseía la ciudadanía que muchos anhelaban hasta el punto de pagar grandes sumas de dinero para obtenerla. Las garantías que daba tener esta ciudadanía eran muy importantes, ya que los ciudadanos romanos eran tratados con privilegios que otras naciones no podían tener. Uno de los beneficios era que no los castigaran ni torturaran hasta que fueran juzgados apropiadamente en caso de que hubieram cometido algún delito.
En Hechos 22 se registra una de las pocas veces que el apóstol hace uso del privilegio de ser ciudadano romano para defenderse. El oficial a su cargo, sorprendido, le preguntó si era romano. Esta persona sabía muy bien que se había metido en un problema serio al haber tratado con rudeza al apóstol, pero Pablo no estaba interesado en alardear de sus derechos, sino en tener la oportunidad de predicar y anunciar el evangelio.
Hoy por hoy, muchos sueñan con alguna ciudadanía de algún país deseado. Para millones de indocumentados viviendo en Estados Unidos, conseguir su ciudadanía sería la gloria, pero el apóstol te recuerda que tu ciudadanía está en el reino de los cielos.
La ciudadanía del reino de los cielos es infinitamente superior a cualquier otra terrenal. La Biblia la describe diciendo: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2: 9). La muerte no será más, el dolor acabará y la vejez no existirá, pero lo más grandioso es que estarás ante la presencia del Todopoderoso para siempre.
En este mundo estás de paso y no importa dónde te toque vivir. La esperanza eterna, la ciudadanía perfecta, es la del reino de los cielos. Cristo ya la ganó para aquel que lo acepte como su salvador. ¿Quieres aceptarlo hoy? Recuerda que todo es por su gracia.