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¿Has estado alguna vez completamente solo en un problema que no le encuentras solución? Entonces te será fácil para entender a Pablo: él también estaba solo en medio de un grupo acusatorio dispuesto a condenarlo, pero su mente ágil y escudriñadora pronto distinguió que sus acusadores eran dos grupos antagónicos entre sí.
Aprovechando su condición de fariseo, cambió su argumento, tomando la filosofía y creencia de uno de los grupos: los fariseos. Dijo así: «Estoy aquí por la resurrección de los muertos». Al escuchar y empatizar con Pablo, el grupo de fariseos lo defendió ante los saduceos, quienes no creían en la resurrección de los muertos ni en los ángeles, de manera que hubo tal discusión entre ellos que Pablo pudo salir airoso en esa defensa.
Por supuesto, ambos grupos querían verlo muerto porque lo consideraban un estorbo, un dolor de cabeza con el que querían acabar pronto. No esperaban que iban a terminar peleando entre ellos, ya que habían ido a la corte unidos en propósito contra él, pero su estrategia los desorientó de tal manera que una vez fuera de la corte se dieron cuenta de su gran fracaso. Esto le dio a Pablo tiempo suficiente para escapar de sus manos.
El punto principal es que no fue la astucia o la inteligencia lo que ayudó al apóstol, sino que fue la intervención de Dios. Para cumplir sus propósitos de misión, el Señor le dijo a Pablo: «Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma» (vers. 11).
Dios cumple sus promesas cuando dice: «Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir» (Lucas 12: 11-12). El Dios de la misión puede defender a sus hijos con una simple tela de araña como lo hizo con David, o bien con un simple argumento como lo hizo con Pablo. Él hará que sus siervos cumplan con sus propósitos, aunque la empresa sea aparentemente imposible o parezca una causa perdida.
¿Cuál es la misión que Dios ha colocado en tus manos? ¿Estás trabajando para cumplir sus propósitos? Él te ayudará defendiéndote o cambiando el curso de la historia para que cumplas su misión, pero también puede enviarte un gran pez, como a Jonás, para que no te olvides de lo que debes hacer. Su gracia te ha alcanzado, compártela cumpliendo su misión. No estás solo.