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La Escritura declara que «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien> Para el cristiano, lo que pasa en su vida no es casualidad ni asunto de la suerte, sino que es providencial. Todo cuanto pasa en la vida de los hijos de Dios tiene un propósito mayor; es decir, Dios cumple su voluntad de una o de otra forma para salvar a sus hijos, al mismo tiempo que los ayuda a ser sus representantes en la misión.
Pablo tenía pocas esperanzas de ir a Roma. Para empezar, estaba encarcelado y, dadas las circunstancias, los discípulos difícilmente podrían liberarlo para que pudiera emprender el viaje. Todos estaban esperando un desenlace catastrófico, ya que, odiado por los sacerdotes, los fariseos y los saduceos, Pablo tenía una garantía de vida poco probable.
A los dirigentes romanos les hubiera sido más útil congraciarse con los dirigentes judíos que con un solitario predicador agitador de masas. No obstante, Dios siempre está al control; no hay nada que escape a su voluntad. Ante una defensa repentina, Pablo apeló a César ante Festo, y este le contestó sin vacilar: «A César has apelado; a César irás». Lo que parecía imposible Dios lo hizo realidad con los mismos recursos del imperio.
Pablo nunca se imaginó la forma en que Dios actuaría, pero el Señor ya tenía la solución predeterminada. Los acontecimientos humanos parecieran ser obra de las decisiones de los poderosos o de quienes tienen en sus manos la situación para decidir; sin embargo, quien está detrás del volante es Dios.
Pablo apeló a Cesar. Seguramente su humanidad le ansiaba vivir, aunque estaba en la posición de perder su vida o de ganarla con tal de ser fiel a Dios. Dentro de su corazón tenía el propósito de llevar el evangelio de Jesucristo a Roma y Dios no solo le dio ese privilegio, sino que también lo convirtió en un poderoso testimonio ante el mismo César como un humilde predicador testificando de Jesús.
Cuando Pablo apeló al César, sencillamente siguió las indicaciones de Dios, aunque quizá él no lo hubiera planeado. ¿Qué sigues? ¿A qué apelas? Dios sabe ante quién debes estar para ser su testigo. ¿Podrá cumplir sus propósitos en tu vida? Deja que su gracia te guíe hoy y siempre.