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La lucha por la aceptación de Cristo empieza desde que naces. El Señor comienza a trabajar en el corazon del ser humano desde sus inicios. Cada persona que nace en este planeta es especial para el Señor. Sus esfuerzos por alcanzarte son incesantes. Esa es la misión de Dios: salvar al ser humano, aunque ni lo entienda ni lo quiera.
El Señor usa todo lo disponible para impresionar la mente del hombre: un atardecer, una flor, una canción, los niños, una madre, un moribundo, etc., su propósito es que el ser humano reconozca quién es él. Su misión no se circunscribe a los elegidos, ya que para él todos son elegidos y todos tienen la misma oportunidad. Lo mismo es para él el mendigo como el encumbrado, el sabio como el ignorante, los gobernantes como los súbditos. Su amor alcanza a todos.
Así Pablo, argumentando su defensa frente Agripa, le dio a conocer el mensaje de salvación al gobernante. Las palabras de Pablo hicieron que este gobernante reflexionara sobre todo lo que Dios ya había hecho por él y con él. Sus neuronas buscaron todos los recuerdos de cómo Dios le había hablado en el pasado. Pablo le preguntó: «¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees», lo que hizo que Agripa se sintiera impelido por el llamado de Pablo. Su conciencia le decía que tome la decisión correcta, pero su orgullo y necedad lo aprisionaron, llevándolo a exclamar: «Por poco me persuades». Ahí quedó, atorado en su indecisión. Lo que pudo ser una historia de triunfo para a la salvación eterna se convirtió en una de un hombre que casi fue salvo, pero que decidió permanecer perdido para siempre.
Qué ejemplo de éxito hubiera sido para los gobernantes actuales. Cuántos sermones de victoria no se hubieran declamado en su nombre. Sin embargo, solo queda como una referencia de un hombre indeciso, falto de fe, que en el momento de la segunda venida de Jesús llorará por su nefasta decisión de no haberlo aceptado. De seguro lamentará y se preguntará por qué no lo hizo, pero será demasiado tarde.
Y tú, mi querido amigo, ¿cómo estás? ¿Cuánto ha trabajado el Señor contigo? ¿Cuántas veces te ha hablado? ¿Cómo será el final de tu historia? La decisión está en tus manos. El Señor sigue trabajando contigo, incansable, amoroso y persuasivo para que tu historia sea diferente, para que no quedes en la oscura indecisión de la perdición, sino que tu nombre brille glorioso en el libro de la vida. Todo es por su gracia.