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Corría el año de 1972 cuando cursaba el tercer grado de primaria. Los maestros en esa parte del país acostumbraban a llevar a los niños a la iglesia católica para participar en la misa. La separación de la educación laica era ley, pero todavía no se había implementado en su totalidad en México. Los niños no católicos - los que éramos adventistas - nos apartábamos de la fila que marchaba a la iglesia católica para no asistir.
Mi maestra nos dejaba dentro del salón con la promesa de que no hiciéramos ruido, pero el director, un estricto católico, pasaba por las aulas para cerciorase de que todos los alumnos habían ido a la iglesia. Nosotros sabíamos perfectamente lo que nos esperaba si nos encontraba. Su voz fuerte y autoritaria resonaba en el salón:
¡Otra vez ustedes! ¿No lo entienden? ¡Están locos, engañados! Su religión es una secta, no saben lo que hacen. ¿Hasta cuándo lo van a entender? Deben adorar a la Virgen, a la Morenita del Tepeyac. Si no lo hacen, quedarán castigados, arrodillados en la arena hasta que sus compañeros regresen.
-Pero nosotros no creemos en eso. La Biblia dice que Jesús es en quien debemos creer.
-No voy a discutir con ustedes. Quedan castigados hasta que lo aprendan. Cuatro o cinco niños pasamos por esa odisea todos los miércoles por más de un año; sin embargo, ninguno se avergonzó de ser adventista ni siquiera por temor al castigo. Nuestros padres y maestras de niños en la iglesia nos habían enseñado muy bien a defender nuestra fe y a no avergonzarnos del evangelio.
Pablo enfrentó muchas situaciones en las que ser cristiano o testificar de Jesús acarreaba consecuencias graves; sin embargo, aun a costa de su vida, pudo decir con valentía: «No me avergüenzo del evangelio». Definitivamente hacer esa declaración no es algo que venga del hombre, sino que solo el Espíritu Santo que habita en el corazón da la fuerza y las palabras adecuadas para hablar en el momento oportuno. Mis compañeritos y yo no teníamos conciencia clara de que hablábamos por la influencia del Espíritu Santo, pero era evidente que así era.
Hoy, la mayoría de la sociedad goza de la libertad para creer y adorar, pero, más pronto que tarde, a más de uno se le pedirá cuenta de su fe. Será en esos momentos cuando, motivado por el Señor, te debas mantener firme, o bien, acobardado por el temor, buscarás la salida fácil. ¿Puedes decir como Pablo, en tu contexto, con tus conocidos: «No me avergüenzo del evangelio»? Por ti mismo no puedes, pero Dios puede hacerlo contigo si tú lo quieres, pues todo es por su gracia.