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La mayoría de los cristianos considera que los diez mandamientos ya no están vigentes en su totalidad. De hecho, de los diez, casi todas las personas están de acuerdo con nueve de ellos. La mayoría excluye al cuarto mandamiento y objeta que no es vigente. Pero ¿se pueden tomar unos sí y otros no, dependiendo de la interpretación de cada uno? Es como si tomaras la constitución política de un país y solo aceptaras lo que te gusta.
La Biblia dice que se conoce el pecado por la ley de Dios. ¿Tiene lógica? Por supuesto. No puede haber pecado si no hay ley. ¿Cómo acusar a una persona por incumplimiento si no se le dice qué debe cumplir? Tampoco es lógico decir que de esta ley solo se deben observar nueve artículos y que uno no es necesario. Para empezar, los humanos no son dueños de la ley de Dios; el dueño es su mismo autor. Él ha dicho que su ley son los diez mandamientos, no los nueve.
Así que ¿quién es un pecador? El que ha transgredido la ley. Quien no tiene ley o piensa que no es necesaria, no tiene culpa porque, desde su perspectiva, no es pecador, y si no es pecador, no necesita a un salvador, porque el redentor es necesario solo para los que son declarados culpables.
El versículo de este día dice que por la ley existe el conocimiento del pecado y que sin ella no hay pecado. Para hacer este punto más claro, valdría explicarlo de este modo: yo soy pecador porque acepto a toda la ley de Dios como vigente y no solo a una parte de ella. Por lo tanto, necesito a un salvador cuyo nombre es Cristo, el Señor que me salva de la culpabilidad de la ley. Conozco que soy pecador porque la ley me condena, conozco que soy culpable porque transgredo la ley de Dios, pero reconozco al Salvador que murió por mí, que pagó mi culpa muriendo en la cruz del calvario. Ahora soy libre no por mí, sino por quien se sacrificó en mi favor.
El que no reconoce la ley de Dios aparentemente no tiene de qué ser culpable; por tanto, ¿para qué quiere un salvador? ¿Te das cuenta? Sin ley no hay plan de salvación; la ley demanda justicia. Cristo cumple la justicia, pero su amor provee redención.
Hoy conoces a la ley de Dios como perfecta, santa, justa y buena. No puedes guardarla porque estás lleno de pecado, pero Cristo te justifica con su muerte y su Espíritu Santo te ayuda a ser obediente con la confianza de que él ya pagó, ya vivió, ya obedeció y ya cumplió por ti. Verdaderamente todo es por su gracia.