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Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia

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«Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; más cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5: 20).

¿Has escuchado la expresión «no hay pecado pequeño»? El pecado es pecado. Aunque la Biblia dice que hay pecados de muerte y no de muerte, también declara que la paga del pecado es la muerte. El punto es que cualquiera que sea el pecado es una infracción que lleva a la penalización.

La Biblia también enseña que el hombre es carnal, vendido al pecado, el cual no quiere ni puede sujetarse a la ley santa de Dios, convirtiéndose en esclavo del pecado. Sus inclinaciones lo inducen a pecar y, aunque quiera hacer lo bueno, cualquier cosa que realice está manchada por el pecado.

Pareciera que el triste destino es pecar. En tu propia vida seguramente has descubierto que por más que te esfuerces es imposible pasar un día sin pecar. Pecas con actos, con palabras y con pensamientos; pecas por omisión o por comisión, sin querer y sin saber, y otras veces pecas queriendo y sabiendo lo que haces.

¿Cómo lograr dejar de pecar? Un grito desesperado sale de los labios del ser humano incapaz de no pecar, pero el Señor te recuerda en este día que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia. En otras palabras, el Señor sabe de tu condición, él conoce tu tendencia natural al pecado, conoce de tu caso desesperado y por esa razón puso el remedio: murió por ti a fin de que por su gracia los pecados grandes, pequeños, de actos, palabras, pensamientos y por omisión o por comisión fueran perdonados totalmente.

De hecho, la condición para que exista la gracia es que debe haber pecado. La gracia no es necesaria para seres perfectos y sin pecado, solo para los pecadores que necesitan de la gracia de un Dios misericordioso que incluso conociendo su condición está dispuesto a perdonar.

Medita en tu vida. Quizá has tenido días vergonzosos y tristes cuando tu cabeza quisiera no levantarse por la pena de una vida llena de pecado, cuando solo quisieras desaparecer para no enfrentar la culpa ni hacer sufrir a tus seres amados. Es ahí cuando debes recordar que sobreabunda la gracia, inmerecida, plena, completa para ti como pecador de parte de un Dios que te ama, que te conoce y quiere perdonarte tan solo por su gracia.

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