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Desde la caída del hombre al desobedecer a Dios este quedó separado de él, sin posibilidades de regresar a su estado inicial de santidad. Al haber sido creado por Dios, el hombre, su hijo â propiedad de Dios, por así decirloâ, podía hablar con su creador cara a cara, tener acceso al árbol de la vida y vivir en su hogar por la eternidad. Sin embargo, al pecar, el hombre escogio a Satanás, el enemigo de Dios, como soberano de su vida, quien esclavizó al hombre a su antojo y lo tomó como su propiedad por su elección. La naturaleza santa del hombre se tornó en una naturaleza pecaminosa, degradada, incapaz de adherirse a la voluntad de Dios ni tampoco con la fuerza de obedecerlo. Su voluntad quedó bajo el mando del enemigo que había escogido como soberano.
Por tanto, era necesario un rescate, un salvador, alguien que estuviera dispuesto a pagar el precio del rescate del hombre vendido al pecado. Ese fue el Cristo que vino a morir por el hombre para darle una oportunidad de vida.
Es un hecho que el hombre mantiene la ley del pecado en su carne, pero existe la oportunidad de regresar a ser propiedad de Dios con un simple acto: ¡creer! Debes creer en Jesús como tu salvador, como el único que es capaz de convertir una historia de pérdida en una de victoria.
Cuando el ser humano acepta a Jesús como su salvador bautizándose en el nombre de la Trinidad, se convierte por voluntad propia en hijo de Dios, el mismo hecho voluntario que lo volvió esclavo de Satanás. Vuelve a ser hijo del Creador al creer en Jesús. Hoy tienes esperanza gracias a Jesús, quien te libra de la ley del pecado, porque todo es por su gracia.