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Alguna vez te sentiste un miserable pecador? ¿Culpable, sucio, indigno? ¿Más malo que todos los que te rodeaban, incluyendo tu familia? ¿Pensaste alguna vez que lo mejor para ti era morir, para no hacerle tanto mal a los que amabas? ¿Quién no se ha sentido alguna vez culpable? ¿Quién no ha deseado alguna vez ser bueno y por más que lo intente no puede?
Muchos están en ese terreno; de hecho, el Enemigo es especialista en hacerte sentir así. Lo cierto es que si miras hacia tu interior, quizá no encuentres mucho de qué enorgullecerte; después de todo, los seres humanos pecan muchas veces y de muchas maneras: con la lengua (mentiras, obscenidades, maldiciones), con los ojos (lujuria) y con los pensamientos (ideas que te darían vergüenza si los demás las conocieran).
El apóstol Pablo - que seguramente era más santo y justo que muchos hoy en día- también se sentía así. Con desesperación gritó, exclamó y pidió: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Cómo lo haré?»
Quizá, con una buena educación, puedes llegar a ser refinado, educado y con un comportamiento que externamente complace a la sociedad, pero sería imposible librarte de los pensamientos pecaminosos, de la realidad que solo tú conoces. La realidad propia te persigue, te subyuga y te doblega. Es entonces cuando aparece el Salvador, Cristo Jesús. La persona, el Dios capaz de transformar, de cambiar, de hacer de ti otra persona. ¿Por ti mismo? ¡Imposible! Pero con Jesús todo es posible.
Él cambiará la desgracia en bendición sin que lo notes ni puedas comprenderlo. El Espíritu Santo realiza un trabajo en ti, aunque tengas que iniciar desde las cenizas para lograrlo. Sé paciente y ve sin prisas hasta que cambie tu forma de pensar y tus gustos; la inclinación natural al pecado será transformada. ¿Quién lo hace? El Espíritu Santo. No desesperes, no pienses que no tienes solución, porque por difícil que sea tu condición, Dios tiene una oportunidad para ti. Gracias a Dios por Jesucristo, porque todo es por su gracia.