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A través de la historia ha habido siempre quienes consideran que tienen el privilegio de ser los escogidos de Dios. Las personas pueblos que llegan a pensar que son los elegidos, incluso con privilegios para decidir quién puede y quien no puede pertenecer a ese pueblo o grupo, hasta llegan a creer que fuera de ese grupo nadie se puede salvar, ya que son los únicos dignos para administrar la salvación.
Las personas o pueblos del pasado lo creían así y las personas o grupos del presente también lo creen. En el tiempo de Pablo, el pueblo judío era uno de esos pueblos que se consideraban los escogidos. De hecho, la Biblia lo confirma: Dios mismo les dijo que serían su especial tesoro, un pueblo escogido, apartado para él; Dios tenía un plan para ellos en el mundo. Sin embargo, el pueblo judío se atribuyó ese privilegio, considerando a todos los demás escoria y llamándolos gentiles. No solo les era complicado para ellos aceptar una filosofía diferente en este asunto, sino que era realmente inimaginable. Era imposible admitir que otros pueblos fueran igual a ellos.
Pablo, como judío, se atrevió a pensar diferente. Enfrentó a sus conciudadanos refutando su limitada visión como elegidos de Dios, refutó y demostró que Dios no tenía consentidos ni odiados, que todos podían acceder a la gracia de Cristo y ser salvos por su gracia. ¿Cómo? ¡Imposible! ¿Que un gentil tenga los mismos privilegios que yo? Aberrante. ¿Cómo se atreven a pensar eso? ¿Cómo se atreven a predicarlo?
Pablo fue objeto de golpes, calumnias, maltratos, cárcel, linchamientos y finalmente la muerte. El pensamiento cegado por el pecado no puede comprender la grandiosidad de la salvación ganada por Jesús para todos en la cruz. Es demasiado mezquina y demasiado tonta como para pensar que el Dios del amor ama a unos y odia a otros, que salva a unos y que condena a otros. La salvación de Dios no se puede encerrar en una mezquita, catedral, templo, salón, color, etnia, continente o cualquier otro modelo humano de distinción. Cristo murió en la cruz universalmente, y universalmente su salvación llega a todos, traspasando fronteras, credos, razas o lenguas.
Estas son buenas noticias, una verdad ineludible que no depende de ningún ser humano, sino solo de aquel que dijo: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Juan 11:25). ¿Crees esto? Cristo te salva por encima de cualquier montaña de filosofías humanas, porque él es el Salvador. Todo es por su gracia.