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Manifestado en carne y recibido arriba en gloria

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«E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria» (1 Timoteo 3: 16).

Grande es el misterio de la piedad; Dios manifestado en carne. Se escribe en menos de una linea y sus alcances son infinitamente enternos ¿cómo entenderlo?, ¿de qué manera describirlo? Ningún escritor jamás tendrá la suficiente inspiración ni el lenguaje apropiado para revelar el misterio de la encarnación de Cristo.

El Hijo de Dios dejó su trono y se humilló vistiéndose de la naturaleza burda de una de sus criaturas para encarnarse como humano. Los ojos de los que lo vieron no lo reconocieron y vino de la única forma con la que podía convivir con los habitantes de la tierra, de la única forma como podía sentir como ellos el hambre, el cansancio, el dolor y la sed. El Hijo de Dios, caminando en la tierra como hombre, realizó su ministerio salvador a favor del hombre hasta terminarlo.

Los ángeles continuamente asistían a su Maestro, el cual no vino para tener una vida larga y feliz, según su tiempo señalado, sino que vino para cumplir con su misión de salvar al hombre; cada minuto y cada hora contaba. Desde su bautismo comenzó su obra ministerial, trazando la estrategia según la profecía a fin de que al tiempo señalado fuera muerto a favor de los hombres. Todos los que lo rodeaban no lo entendían ni podían comprenderlo. Sus ojos eran incapaces de mirar que ese humilde predicador de Galilea era Dios mismo.

Cualquiera que le hubiese preguntado de niño lo que le hubiera gustado ser cuando fuera grande, de seguro habría respondido: «Yo he venido a morir, no a formar una familia ni a desposarme; he venido a cumplir mi ministerio, a salvar lo que se ha perdido».

Sí, mi querido amigo, el Hijo de Dios nació, vivió, murió y resucitó por amor a ti. Toda su vida estaba diseñada para el cumplimiento de su misión y, una vez completada, cada discípulo anunciaría que Jesús era el salvador del mundo. Sin embargo, después de su resurrección regresó a su Padre para tomar su lugar en el cielo y seguir ministrando a favor del hombre. Ahora muy pronto regresará.

Regresará ya no como un humilde hombre para realizar un ministerio, sino que regresará como Rey de reyes y Señor de señores para llevar consigo a todos los que creyeron en él y por quienes él murió. ¿Estarás ahí? ¿Te habrás apropiado de su gracia? ¿O estarás irremisiblemente perdido? Tuya es la respuesta. El tiempo de arrepentimiento es ahora, así que no tardes. Reconoce ahora a Jesús, el Hijo de Dios, como tu salvador y señor. Él es la única esperanza, porque todo es por su gracia.

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