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Los seres humanos pecan muchas veces y de muchas maneras. No hay humano sobre la tierra que no peque. Los teólogos han llegado a la conclusión de que hay por lo menos tres maneras en que se puede pecar:
Se peca con las palabras: cada día las palabras condenan, pues es común errar con ellas, con lo que se dice y cómo se dice.
Se peca con los hechos: cada uno sabe cuán lejos ha ido en desobediencia al Señor al errar con sus actos, hayan sido públicos o escondidos.
Se peca con el pensamiento: ¿quién te ve? ¿Cómo juzgar? Dios conoce tus pensamientos y es posible que todos se avergüencen por los pensamientos que han tenido en la mente. Esos son los pecados ocultos que Dios conoce. Entonces, ¿quién puede estar libre de falta? ¿Quién puede justificarse ante Dios? ¿Habrá algún hombre santo? La respuesta es nadie. Ni el pastor ni el sacerdote ni el más liberal de los filántropos; nadie. Todos han pecado ante Dios. Pero el Señor dice en su Palabra que si confiesas tus pecados serás limpio de toda maldad. Jesús conoce tu condición, sabe acerca de tu tendencia a hacer el pecado, pero se ha constituido en tu abogado celestial ante el trono de su Padre y vive siempre para interceder por ti.
No tienes que ir ante él con temor o intentando justificarte como si no hubieras hecho nada, diciendo para tus adentros que después de todo no eres tan malo, que no le has hecho nada a nadie, que eres un buen ciudadano o que estás mejor que muchos malvados que conoces. Eres pecador por naturaleza, y el versículo 8 de este mismo capítulo menciona: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos».
Mi querido amigo, no tienes por qué estar desesperado ante Dios. Él ya ha hecho la provisión perfecta en la persona de su Hijo santo. Cristo quiere perdonarte, así que no corras más. Cualquiera que sea tu pecado, ven a él, que está aguardando por ti porque no quiere perderte. Te ama tanto que murió en tu lugar para pagar tu culpa y perdonarte de todo pecado porque todo es por su gracia.