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Santo, santo, santo

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«Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir» (Apocalipsis 4: 8).

El capítulo cuatro del libro de Apocalipsis habla acerca de la adoración celestial. Juan es transportado por el Señor a una escena nunca antes vista por él ni por ningún ser humano: el mismo Padre celestial sentado en su santo e incomparable trono del universo. Las palabras que el apóstol oye retumban en su ser entero: «Santo, santo, santo», pronunciadas por cuatro criaturas celestiales que añaden: «El que era, el que es, y el que ha de venir».

El anciano apóstol describe la escena de la majestad del Rey del universo con emoción, temor y temblor. La adoración que pronuncian estas cuatro criaturas celestiales describe lo indescriptible para el hombre: la inmaculada santidad de Dios todopoderoso que ningún lenguaje humano puede describir y ninguna mente humana mínimamente puede lograr entender.

Es el santo ser que recibe la honra y la gloria de criaturas celestiales perfectas y sin mancha que cubren sus rostros para pronunciar las palabras de alabanza ante su trono. Es el santo ser que no podrías mirar porque serías consumido por su majestad. Es el santo ser que se dignó a buscarte sin necesitar nada tuyo; el que murió en la cruz para salvarte.

Se está tan acostumbrado al pecado que todo lo que se ve y se toca está manchado por él. Por eso no se logra percibir la majestad del santo Dios del universo. Pero ese santo ser dejó su trono de gloria para venir a buscarte a este mundo oscuro, vil, olvidado y perdido. No hay palabras de gratitud que logren proclamar lo que Dios merece; solo resta inclinar la cabeza, unirse al coro de los seres celestiales y exclamar: «Santo, santo, santo».

Mi querido amigo, tu Dios es un Dios amoroso, santo, justo, bueno, inmaculado sin una ínfima parte de maldad. Ese Dios te ama y no te preguntes por qué; no hay respuesta. No te necesita, no me necesita, pero su amor que sobrepasa todo entendimiento te hace valioso ante sus ojos. Aunque seas un miserable pecador, por su gran amor y gracia, te hace su hijo, rico y santo. Solo inclina la cabeza, recibe con gratitud su gran amor y perdón y pronuncia: «Santo, santo, santo, toda la tierra está llena de tu gloria y tu gracia». Bendito sea su santo nombre, porque todo es por su gracia.

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