|
La medición es una forma de darse cuenta del tamaño de un objeto, ya sea largo, ancho, cuadrado, redodndo, rectangular, ovalado u otra forma, pero aquí el Señor pide que midan el templo, el altar y los que adoran en dentro de él. En el templo se lleva a cabo la adoración celestial, pero también es un lugar de intercesión. Como el versículo alude al altar, quiere decir que está hablando de los que adoran en él, pero también por los cuales se ha hecho intercesión de los pecados por medio de Jesucristo.
Medir a los adoradores conlleva a analizar si dan la medida para ser aceptados como redimidos, algo que tiene que ver con el juicio. Dios realiza un juicio previo a su venida para determinar quiénes son merecedores de ser salvos cuando él venga a la tierra. Es decir, cuando aparezca con sus millones de ángeles en la segunda venida, lo hará para recoger a todos aquellos por los cuales se ha hecho provisión de intercesión y perdón y, como consecuencia, se han vuelto candidatos para entrar en el reino de los cielos.
El juicio, lejos de ser una triste noticia para los hijos de Dios, es una noticia de alegría. Dios mismo es su abogado porque, al ser medido, ninguno da la talla para merecer la entrada al reino celestial. Por su parte, Cristo, quien murió por ellos en la cruz del calvario, coloca sus méritos perfectos a su favor, de manera que todos aquellos que lo aceptaron como su salvador no tienen nada que temer del juicio, pues sus vidas están aseguradas en su abogado, Cristo Jesús, que ahora funge como su juez.
Apreciado amigo, el tiempo de hacer los arreglos para el juicio divino es ahora mientras tienes vida y cuando todavía puedes hacer decisiones voluntarias e inteligentes. Cuando el juicio se realice en el cielo no habrá nada que temer, pues Cristo, tu Señor, te representará como tu abogado y salvador. Ven ahora a Jesús mientras tienes tiempo, porque todo es por su gracia.