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En primer lugar, doy gracias a mi Dios (Rom. 1:8). "Siempre doy gracias a mi Dios" (File. 1:4). "No he dejado de dar gracias" (Efe. 1:16). De las catorce cartas de Pablo, solo una no contiene expresiones de gratitud.
Si el contexto de sus palabras fuera cómodo, libre de problemas y enemigos, sería fácil comprender tantas expresiones de gratitud, pero el apóstol experimentó grandes adversidades. Rodeado de enemigos y de incertidumbres, soportó prisiones, apedreamientos, azotes, naufragios, ataques, juicios y persecuciones de sus compatriotas y de los hermanos de la nueva fe.
¿Cómo podía actuar tan pleno de gratitud, ante los infortunios? Su actitud se originaba en la firme convicción de que la gratitud sincera es uno de los elementos básicos e indispensables de un cristiano.
La gratitud es la valoración de lo que se tiene y el reconocimiento de que alguien prestó tal beneficio. Agradecer genera contentamiento. Cuanto más expresamos gratitud, menos descontentos somos. La gratitud hace que nos concentremos en aquello que tenemos; el descontento, en aquello que no tenemos. La gratitud atrae a las personas, estrecha, lazos y deshace nudos; el descontento las aleja y crea nudos.
La gratitud es uno de los secretos de las personas fuertes, porque es imposible ser agradecida y, al mismo tiempo, vivir dominada por el miedo y la ira, por ejemplo. La gratitud genera otros sentimientos, como el amor, la comprensión, la compasión y la alegría. El descontento precede a los reclamos, a la insatisfacción, a la tristeza y al deseo de pagar el mal con el mal.
La gratitud genera una sensación fundamental a la autoestima: la de ser bendecida. Cuando la persona es agradecida, incluso ante los mayores desafíos, reconoce que esa dificultad es tan solo una experiencia de aprendizaje. Consecuentemente, esa actitud lleva a confiar más en su capacidad de superación. La descontenta, creyendo ser víctima, se concentra solo en su propia derrota.
Pablo mantenía la convicción de que, incluso ante los peores problemas, Dios estaba al frente usando sus mayores desalientos para transformarlo a su semejanza.
¡Que tengamos esa convicción! Así, percibiremos que Dios nos ama, nos guía y hace planes para nosotros. Nuestra mente encontrará calma y reposo, y seremos capaces de dirigir sinceras acciones de gracias al Cielo.