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¿Quién dices que soy?

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-Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? -preguntó Jesús. -El Cristo de Dios -afirmó Pedro (Lucas 9:20).

Quizá hayas nacido en una familia cristiana. Aunque ese es un privilegio, también puede generar autocomplacencia si permitimos que nuestras creencias sean una extensión de la creencia de nuestros padres y una colección de rituales que no cobran sentido para nosotros. Aquello en que creemos y en quién creemos necesita ser relevante en nuestros cuestionamientos y luchas más profundas. Debe ser algo personal, que conozcamos bien y que sea de nuestra elección.

Cuando Jesús les preguntó a los discípulos quién era él, las respuestas mostraron una idea errónea. Si él no era reconocido como el Mesías prometido que había venido a sustituir la muerte de cada ser humano, su sacrificio no tendría valor. Pero Pedro lo reconoció como el Cristo.

Muchas personas hoy reducen a Jesús a un maestro iluminado, un gran ejemplo, un revolucionario, un milagrero, un sabio... Sin embargo, él es más que eso. Jesús es el Dios que se hizo hombre para rescatarnos de la eterna perdición.

¿Quién es Jesús para ti? Esta pregunta es tan personal como lo es nuestra salvación. Jesús quiere saber quién es él para aquellos que profesan su nombre. De nuestros valles solitarios, desiertos y derrotas, ¿qué responderemos? Jesús hace esa pregunta profunda, esperando una respuesta plena, que demuestre que lo experimentamos de verdad y no tenemos dudas acerca de quién es él.

at Cada una de nosotras necesita pasar por la experiencia del conocimiento y del encuentro personal con Dios. Quizá creamos que no existe, porque esperamos respuestas según nuestra visión; pero las respuestas no vienen hasta que descubrimos cuán mediocre es nuestra visión.

Dios ve mucho más de lo que vemos, piensa más grande de lo que pensamos y desea para nosotros mucho más de lo que podamos imaginarnos. ¡Ese descubrimiento personal es increíble! De manera peculiar, de cuerpo, mente y alma, somos contagiadas por esa presencia viva y activa que se refleja en nuestra alegría natural, en nuestra preocupación por el otro, en nuestras relaciones, en nuestros sueños, en nuestros gustos y en nuestras prioridades. Y terminamos priorizando aquello que realmente importa: el Cielo.

Ve diariamente a la fuente, estudia y medita en la Palabra de Dios, permite que el Espíritu Santo se comunique contigo. Así, verdaderamente reconocerás quién es Dios, lo que hizo, lo que hace y lo que hará por ti.

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